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La
Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias presenta
en el Centro de Arte La Regenta la exposición del artista lanzaroteño,
Ildefonso Aguilar, Paisaje esencial. Este itinerario por ochenta
y tres obras entre pinturas, fotografías e instalaciones aglutinan
los últimos diez años creativos de este polifacético
autor y su particular visión de la naturaleza de su isla, a través
de todas las texturas y matices que caracterizan sus trabajos.
El artista nos enseña su vivencia personal y al hacerlo nos desvela
su gran capacidad para reescribir en cada una de sus piezas fragmentos
de su intimidad con el entorno. La obra de Aguilar, fuertemente vinculada
a Lanzarote, es un análisis de los paisajes volcánicos, del
relieve y de la orografía de esta isla. Según Federico Castro,
comisario del proyecto, “Frente a la comprensión física
o biológica del mundo emprendida desde la ciencia o la representación
de la Naturaleza desde la inmediatez de la mera visualidad, la verdad natural
requiere ser expresada tal y como sale al paso, con la misma sencillez
con que se manifiesta por primera vez y siempre que el diálogo con
el paisaje nos permite trazar el horizonte o abarcar el infinito con nuestro
anhelo. De ahí, el poder revelador del trabajo de Ildefonso Aguilar”.
Se exponen obras pertenecientes a las series Gestos del paisaje
y Paisajes inhabitables (1995); Espejismos, Desiertos,
Malpaíses y Toward the night (1996); Arenisca
(1997); Guardilama, Noviembre azul y La piel del
malpaís (1998); Sarandib y Deep blue (1999);
Paisajes audibles (2001); Soledades y Ventanas al paisaje
(2003); Ikebukuro y Paisajes sumergidos (2004). Estas
obras acompañan a su trabajo actual, Paisajes fragmentados,
Huellas y Paisajes esenciales (2005-2006), realizadas
para el espacio expositivo del Centro de Arte La Regenta, en Las Palmas
de Gran Canaria.
Trabajar series, en el caso de Ildefonso Aguilar, responde a un impulso
inicial, a un trabajo sistemático y a la necesidad de revisitar
temáticas propias abiertas a nuevas respuestas. Incluso trabaja
en ellas de manera simultánea. En su propio título, aporta
claves para la comprensión de una posición ante el paisaje
insular y volcánico de Lanzarote, pero también de Islandia.
Federico Castro apunta que, “Al diseñar esta muestra nos ha
movido el anhelo de crear un espacio para el encuentro de visiones del
paisaje de Islandia o Lanzarote. El resultado no es una yuxtaposición
de realidades diferenciadas: descubrimos encuentro, compenetración
e incluso síntesis, porque esta conjunción potencia y enfatiza
la visión de Ildefonso Aguilar acerca del paisaje volcánico
y los paisajes insulares”.
Pero, Paisaje esencial tiene, también, carácter
retrospectivo. Un recorrido en el tiempo y por los espacios de su creación
exigía la integración de diversas topografías. Esta
intención se acentúa incorporando un área de documentación
en la que se sintetizan otras facetas importantes del artista: el trabajo
editorial, su personal diseño para el catálogo de sus exposiciones
y, especialmente, el proceso integrador de diversos lenguajes expresivos,
a través del visionado de trabajos pioneros, como Penetraciones
(1983), Tensión (1987) y Deep blue (1999) que
permiten comprender la fusión progresiva de la música, la
fotografía y la pintura experimentada por Ildefonso Aguilar,
hasta alcanzar la total fusión que caracteriza a las instalaciones
realizadas para esta muestra: En torno al paisaje y Paisaje esencial
(2006).
Llamamos así la atención sobre el papel fundamental que juega
la música en toda su obra: sonidos de la naturaleza, música
compuesta por él mismo, o creaciones de otros artistas, como “Sarandib”,
a partir del tunecino Anouar Brahem, o “Toward the night”,
inspirada en la obra de Somei Satoh del mismo título. Músicas
que llenan el espacio lávico donde trabaja y se disipan en la brisa
que acaricia el malpaís donde ha situado su estudio. En ocasiones
se trata de compositores que han visitado la isla invitados por Ildefonso
Aguilar para participar en el Festival de Música Visual de Lanzarote,
como ocurre con Brian Eno cuya obra Thursday afternoon inspira
la instalación “Tensión”.
Paisaje esencial es, en definitiva, título de esta exposición,
pieza singular, definición de un proceso creativo y proclamación
de la madurez de un artista que, inevitablemente sugiere entre todos los
que se aproximan a su poética una reflexión sobre aspectos
filosóficos acerca de la interacción entre hombre y Naturaleza,
sobre el trasfondo de esa relación, más allá de los
límites de la representación.
En escasas ocasiones puede señalarse el logro de una comprensión
definitiva de la obra de un artista. Las visiones antológicas que
aportan José Saramago y José Corredor Matheos, escritores
sensibles a la creación plástica, a la naturaleza y al paisaje,
apoyadas sobre el estudio de las obras seleccionadas para esta muestra,
tienen la virtud de esclarecer una poética y, a la vez, de desmenuzar
el significado singular de las obras y el sentimiento del individuo ante
el paisaje volcánico.
Ambos coinciden al reconocer la coherencia que preside el proceso creativo
de Ildefonso Aguilar; un proceso diverso, unitario y sugestivo, que, en
los últimos diez años, se ha desvelado plagado de hallazgos
y certidumbres. ILDEFONSO
AGUILAR: INSULARIDAD Y UNIVERSALIDAD
José Corredor-Matheos
El arte, fruto de la contemplación
La contemplación lleva al artista a la abstracción, por
fidelidad a lo real. Basta con que centremos fijamente la atención
en un objeto cualquiera, un ser vivo o un paisaje, para que, al cabo de
cierto tiempo, aquello que era, y sigue siendo, real se transfigure y
pierda su aparente condición de algo concreto para convertirse
en otra cosa. No nos distraen ya entonces éste o aquel detalle
para poder alcanzar una visión totalizadora.
Ejemplo de esa actitud, y de semejantes frutos, es Ildefonso Aguilar.
Su trayectoria es larga. Sus primeras experiencias en la pintura, la fotografía,
el sonido y el vídeo, actividades que ha practicado, datan de comienzos
de los setenta. Es oportuno recordar los viajes que llevó a cabo
por diversos países en el periodo 1978-1980, por las consecuencias
que tendrá en su arte. En esos años acumularía sensaciones,
emociones, de todo aquello que, en parajes muy diferentes, atraen especialmente
su sensibilidad y se fundamenta lo que será su obra a partir de
la década siguiente.
El tema, en cierto sentido único, es el paisaje. Lo que vemos en
él es ante todo espacio. Un espacio progresivamente vacío.
La presencia de la isla de Lanzarote en la obra de Ildefonso Aguilar es
permanente y se halla en la base de su visión de la realidad. Grandes
espacios, la arena, material fundamental, con el pigmento, la fragmentación
de la materia, que nos hace pensar en el desmenuzamiento de la lava, la
incandescencia de ciertos rojos, una línea que corta el espacio
con la firmeza del horizonte marino, piedras aquí o allá,
leves elevaciones de terreno. Se ha eliminado todo lo que sobra, que es
siempre casi todo. Lanzarote, como punto de partida, marca profundamente
su obra y sigue constituyendo el espacio mental y real donde se producen
las obras.
En mi opinión, fruto de una sed de absoluto, esa una última
sensación de vacío que experimentamos en la contemplación
de las grandes obras artísticas de todas las épocas, cuando
penetramos profundamente en ellas, lo que queda en nosotros cuando hemos
olvidado todo de la obra. Un vacío significativo, que revela lo
esencial. O, si lo preferimos así, la identidad última de
lo que entendemos por realidad. Salvo los abstractos rusos, procedentes
de una sociedad que conservaba una honda necesidad de trascendencia, las
vanguardias, que si hemos de hacer caso de sus manifiestos pretendieron
romper con el pasado y partir de cero, revelan una radical sed de absoluto
radical.
De materiales y técnicas
Ildefonso Aguilar extiende el lienzo en el suelo y vierte sobre él
las arenas. Luego aplica los pigmentos, y el color se funde con la arena,
sugiere formas y crea una atmósfera. Entonces raspa, recupera puntos
o zonas de la materia que había debajo. Y la arena, por su textura,
da una calidad especial, a las casi monocromas superficies. Finalmente,
las masas del negro, el blanco y los restantes colores resultan fundidos.
Observemos que, a pesar de la importancia del negro, el blanco y de los
blancos agrisados, los restantes colores suelen estar presentes, generalmente
desmenuzados. En algunas obras, sin embargo, ciertos colores se extienden
por el espacio, aunque tiendan a respetar los fondos negros. Aunque el
negro sean tan decisivo, por constituir la base de la que parecen brotar
los colores, el espacio iluminado está coloreado con mayor o menor
intensidad.
Puede tratarse de leves toques de colores diversos, aunque en algunos
casos, el color irrumpa con fuerza. Vemos diversos tonos de gris -Soledades
II (2003) y fotografías con rayas blancas-, de rojo -Paisajes
fragmentados I (2005)-, Orilla (2006)-, tonos tostados -Caris
Mere II (2003)-, ocres agrisados -From the depth of silence I
(2005)-, verde -Eldhraum III y IV (2006)-, azul -Paisajes
sumergidos (2004). En ocasiones, el blanco cubre gran parte del espacio
-Paisajes fragmentados I citado-. La frialdad de ciertos paisajes,
con blancos que sugieren nieve y hielo, contrasta con el carácter
ígneo de las masas de rojo.
Todo, inmerso en el nítido negro del fondo. La importancia del
negro, negación en realidad del color, puede producir en algunos
cuadros la sensación de que son monocromos. Y frente al negro,
y entreverado a veces con él, la luz.
Algunas obras resultan a menudo más realistas. Hacen pensar más
en paisajes reales, con el serpenteante negro que marca el relieve de
las montañas. El artista pone más pigmento en unas que en
otras, y en ocasiones las deja más cerca de cómo quedaban
después de las primeras capas.
La luz y la relación entre las cosas
Los cuadros de Ildefonso Aguilar dan sensación de unidad. Los distintos
materiales se funden y la imagen resultante da sensación de vida.
Junto con el espacio es fundamental la luz. Es lo que crea, al iluminarlos,
esos parajes. “La luz -para decirlo con palabras de Federico Castro
Morales- delimita la morfología del paisaje y subraya la zona de
contacto entre el aire y la tierra. La vibración del color alcanza
el blanco, que ilumina las zonas más recónditas y rodea
los contornos con un halo misterioso” (1).
La luz lleva a cabo una selección de elementos y funde el conjunto.
Vela o deja en la tiniebla unas zonas, y destaca con fuerza otras. El
paisaje, como entrevisto, tiene algo de fantasmal. Nada hay que sea del
todo concreto. Más que cosas hay relaciones entre cosas de dudosa
existencia. Pero ¿no es así como ve la física la
realidad a nivel subatómico?
En nuestra vida diaria lo que hacemos constantemente es establecer relaciones
de ese tipo. Nosotros mismos, cada uno de nosotros no es alguien concreto,
sino una madeja de hilos más o menos enredados cuyos cabos están
fuera de nosotros. Y lo que descubre el pintor, el poeta, el músico,
son relaciones, tras la apariencia de sólida materialidad de los
cuerpos visibles.
El artista descubre también vibraciones. ¿Vibraciones de
qué? Esto no ha de quedar, no puede quedar nunca, del todo claro.
La obra de arte es una pregunta, más que una respuesta. O la constatación
de una incapacidad, de la imposible consecución de un objetivo,
pero con el gozo de que la aventura ha valido la pena: se trataba, precisamente,
de eso.
El universo, en una ventana
En estas imágenes, los paisajes parecen ser contemplados desde
el aire. Es como si el pintor lo contemplara todo distanciándose
de las cosas y de sí mismo. Algo muy complejo, porque, por otro
lado, se da también la sensación de inmersión en
el paisaje. El artista, en el momento de la creación, es uno con
la cosa que se está creando. Pero, al mismo tiempo, en la visualización
que hace de lo que va sintiendo, establece cierta distancia: como la madre
es una con el hijo, pero que tras el nacimiento y la ruptura del cordón
umbilical se rompa, son ya dos.
El pintor lo ve todo como a través de una ventana. La realidad,
que en nivel cotidiano nos parece simplemente grande, incluso enorme,
en el momento de la creación se percibe insondable. En la obra
de arte, la sensación de infinito la intuimos con la acotación
que se hace en ella del mundo real.
Aguilar tiene algunas pinturas en que vemos el paisaje a través
de una ventana: Ventanas al paisaje I y II. Parece entonces
que sea a través de la ventana de un avión o de una casa.
Lo que importa es lo que tiene de simbólico. La ventana, por “constituir
un agujero expresa la idea de penetración, de posibilidad de lontananza:
por su forma cuadrangular, su sentido se hace terrenal y racional”
(2).
Cuando distinguimos así el paisaje se refuerza la impresión
de que existe una distancia entre el contemplador y el panorama contemplado.
Acaso se deba a un paso previo a la integración o a la pretensión,
tan humana -demasiado humana-, de mantener la propia identidad, sin disolverse
en esa inmensidad que se atisba.
Esto último guarda relación con el sentimiento “oceánico”.
Todo ser humano se asoma en algunos momentos a un abismo ante el cual
la realidad cotidiana lo arrebata y disuelve en una única realidad
existente. Es característico de ciertas sensaciones ante el mar,
pero puede darse ante un paisaje indiferenciado o, como en este caso,
en que las formas sólo parecen sugerirse o entreverse.
Me parece muy sugestivo que el artista exprese que sólo ha entrevisto
esas Soledades, como reza el cuadro de este título, de 2003. Destaca
con cierta nitidez en el dibujo el perfil rectangular en forma de rayo
de luz que llena casi todo el cuadro. Curiosamente, la verticalidad de
la forma y la simetría bilateral nos hace pensar, como en otros
casos, en un torso humano, aunque pueda tratarse simplemente de un bloque
de hielo.
La forma vagamente geométrica que aparece en el cuadro acabado
de citar es más bien rara en el arte de Aguilar. Generalmente se
trata de las formas más irregulares de las montañas. Sabemos
del interés que ha despertado en él Islandia. Le atrae,
sin duda, por lo desnudo, vacío, de aquel vasto territorio, que
parece no tener fin. Lo infinito atrae a todo verdadero artista. Tanto
por la sed de absoluto como por la necesidad que siente de explorar un
espacio que es real y simbólico.
Las masas, más que formas, de color están partidas por una
línea o una disolución de esa masa que sugiere el horizonte
o, en ocasiones, por el término de una zona montañosa y
el comienzo de una llanura. Esto se debe, acaso, a una sensación
ante el paisaje propio del habitante de una isla, rodeado de mar, y de
cielo. Algo a lo que, en el caso de Ildefonso Aguilar, profundamente isleño,
se suma su admiración por Islandia.
Es interesante observar que, en general, tras ese horizonte no se divisan
elevaciones. Es como si estuviera el cielo o el mar, o algo que puede
ser ambas cosas a un tiempo. La línea del horizonte separa la parte
inferior, de granulada y fragmentada superficie, y entreverados tonos,
de una superior de pintura uniforme, más o menos monocroma. Lo
vemos, por ejemplo, en Soledades I (2003), Paisaje sumergidos
VIII (2004) y From the depth of silence I (2005).
Insularidad física e insularidad simbólica
Una isla tiene, sobre todo para los que no habitan en ella, algo de refugio.
Los nativos, cuando han viajado fuera de ella, pueden sentir angustia
cuando pasa un tiempo sin salir, pero, tanto a foráneos como a
isleños, la isla puede dar la sensación de espacio autosuficiente.
Una isla, relativamente pequeña como Lanzarote o grande como Islandia,
subtropical una, al borde del Polo la otra, implica cierta soledad. Para
el foráneo, además de atractiva, esa soledad resulta sin
duda más evidente, mientras que para el isleño, en algunos
aspectos prácticos, lo que presenta son, sobre todo, ciertos inconvenientes.
Aislamiento y soledad son necesarios para todo verdadero creador, y diría
que Ildefonso Aguilar sabe sacar extraordinario provecho de todo ello.
La soledad permite el recogimiento -eso que Maister Eckhart afirmaba que
era primero que el amor a Dios, porque éste venía por añadidura-,
y el conseguir situarse mentalmente primero en una isla es esencial, en
el insular y en el continental, para que la creación llegue a producirse.
Acerca de la relación que tiene este artista con su propia isla
y la atracción por Islandia ha comentado Pilar Carreño que
“Si la naturaleza volcánica de Lanzarote ha sido su principal
fuente de inspiración, un viaje a Islandia -una ínsula de
enormes proporciones y horizontes infinitos, y poblada por desiertos de
lava y masas de hielo- ha dotado a algunos de sus paisajes de una extraña
y misteriosa luz” (3).
En una y en otra islas descubre el artista relaciones, que acaban por
predominar. La sensación de soledad es aplicable a todas las obras.
No aparece nunca un ser vivo. La abstracción puede estar también
en esta reducción de las formas a una esencialidad que lo resume
todo. Porque lo cierto es que todas las formas están animadas por
una palpitación misteriosa.
Unidad y fragmentación
Advirtamos que estas llanuras y montañas no parecen evocar formas
compactas. El granulado de la arena revela fragmentación. El mundo
que consideramos real se muestra tan fragmentado en lo infinitamente pequeño
como en lo infinitamente grande. Por otra parte, uno de los rasgos del
arte contemporáneo es la valoración del fragmento. Recordemos
que, entre los hallazgos de la descomposición introducida por Picasso
y Braque con el cubismo, destaca el collage. Y antes se había
producido ya la fragmentación de la realidad a través de
la pincelada, por los impresionistas y los divisionistas.
Algunas obras de 2001 son fotografías, en las que el artista traza
unas finas líneas blancas, que se desplazan tanto sobre las siluetas
de las montañas como sobre el cielo. El artista ha seleccionado
lo que debía enfocar y luego ha marcado el territorio que ha hecho
suyo. La distinción entre pintura y fotografía se borra
en la producción de muchos artistas actuales, pero raras veces
se consigue tal integración, y que resulte además plenamente
justificada.
Mientras la obra de arte mostraba la realidad como algo compacto, el espacio
no estaba especialmente valorado. La fragmentación en pintura y
la desmaterialización en escultura -ésta desde Rodin y profundizada
por Julio González- abren el espacio, que en escultura acabará
siendo tan exterior como interior. Es tan importante lo que se ve como
el vacío. Igual ocurre con el silencio en música. En las
Gnossiennes de Eric Satie, los silencios son tan relevantes y
destacados como las notas que se van desgranando.
La musique, avant tout chose
Sabemos que la música es otra de las actividades de Ildefonso Aguilar,
y podemos pensar que es inseparable de su pintura. La música, cuyo
importante papel subrayó el poeta francés Pierre de Ronsard
en la frase recién citada, es el resultado de una perfecta armonización
de elementos diferentes y confiere unidad a los conjuntos. De ahí
que, metafóricamente, se apliquen a veces términos musicales
a otras artes e incluso a actividades diferentes. Recordemos que el mítico
Orfeo, poeta y músico, es visto, incluso, como factor fundamental
para la cohesión social, por su capacidad de armonizador. Para
Ildefonso Aguilar, la música, es fundamental en su visión
de la realidad y alienta y estructura su obra.
De estos paisajes emanan unos sonidos, que se diría casi inaudibles.
Tienen la levedad de las formas. Éstas flotan visualmente en grandes
espacios oscuros. Aguilar pone virtualmente música a sus obras
y lo hace de manera real con grabaciones que acompañan determinadas
realizaciones. Es el caso de sus Sonidos para un paisaje, dedicado
a la ambientación del seguimiento de la Ruta de los Volcanes del
Parque Nacional de Timanfaya, de la isla de Lanzarote, donde vive. El
mismo artista ha manifestado: “No me es posible profundizar en el
paisaje de Lanzarote sin sentir la presencia del viento, física
y musicalmente. De igual forma tampoco puedo sentir los sonidos y la música
sin recrear imágenes” (4).
Ildefonso Aguilar nos remite a la realidad inmediata. La arena y la lava
nos hablan de la tierra; los rojos ígneos, de los volcanes de su
isla; la línea del horizonte, del mar siempre próximo, que
todo lo envuelve; hay formas que sugieren montañas, rocas. A esa
materialidad se le opone la levedad de las formas y de la materia misma,
su ingravidez, la sensación de vacío, que hacen trascender
la realidad inmediata de la que se parte. Y podemos preguntarnos: las
masas de color ¿se afirman en su materialidad o están a
punto de desaparecer? La apertura de todo aquello que está dotado
de vida implica cierta ambigüedad sólo cuando la obra es contemplada
con los ojos de la visión cotidiana. El creador de un arte tan
rico, tan valioso como éste, espera que adoptemos la misma lúcida
actitud que tuvo él en el momento de la creación, para que
la visión se abra a otro ámbito.
JOSÉ CORREDOR-MATHEOS
NOTAS
1-Federico Castro Morales, Ildefonso Aguilar, la magia natural
del paisaje, Lanzarote, Cabildo Insular de Lanzarote, 1995, p.
63.
2-Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos tradicionales,
Barcelona, Luis Miracle Editor, 1958, p. 420.
3-Pilar Carreño Corbella, Ildefonso Aguilar, a la luz del paisaje,
catálogo de la exposición en Galería Argenta, Valencia,
2004.
4- Ildefonso Aguilar: Erosión, Edición musical,
Lanzarote, Geo Ediciones, 1978.
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