Inicio
Cabrera Pinto
œltima exposici—nProgramaci—nDocumentaci—nEl Tragaluz DigitalDepartamento EducativoUbicaci—n
 

Del 9 de mayo al 22 de junio. Horario: Martes a Viernes: 10'00 a 20'00 h. Sabados y Domingos: 10'00 a 15'00 h. Lunes cerrado

 


El 17 de enero de 2005, José Otero citó a una decena de amigos en un parque de Berlín. Casi todos acudieron aquella fríatarde a la convocatoria, sin duda con la expectativa de quealgo aconteciera. Lo que ocurrió es que, una vez reunidos, JoséOtero se distanció unos metros del grupo y desenfundó su cámara.Todos comprendieron inmediatamente —conocían al artista— queestaban posando para la posteridad. Seguramente esperaban algu-na indicación sobre su papel en aquella con.posición. No la obtuvie-ron. José Otero les encuadró, esperó un tiempo prudencial para quetodos advirtieran, por una parte, que la escena reclamaba algo deellos y, por otra, que no sabían qué, y disparó.

La vida frente a la cámara está llena de protocolos. Nada más ver eltintineo del flash sabemos si tenemos que decir «pa-ta-ta», adoptar una pose histriónica, abrazar la cintura del cónyuge, ofrecer nuestrolado bueno, coger aire para soplar las velas, apartarnos ligeramente para dejar ver el monumento a nuestras espaldas… en esos pequeños gestos está inscrita nuestra biografía, el relato social implícito que nos permite reconocer nuestros instantes como planos de una historia, de una vida realizada. Pero cuando desaparece el fondo —ese contexto en el que nos reconocemos como orgullosos padres,viajeros con inquietudes, joviales amigos, exitosos cazadores…
— la figura —esa forma que perfila y hace reconocible a un individuo— se hace incierta.

Supongo que una de las responsabilidades deontológicas [seguramente, hoy preferiríamos llamarlas políticas] del artista es la de suspender o, al menos, demorar las respuestas mecánicas, generalmente afirmativas, ante los estímulos, al menos ante los estímulos culturales [seguramente, hoy preferiríamos llamarlos poder o bio.poder]. Es también habitual suponer que esa leve perplejidad inducida produce un cierto de esclarecimiento. Un esclarecimientoque, hasta hace relativamente poco, no tenía que ver con transmitir información «privilegiada» sino mas bien con defraudar nuestras expectativas [también la de obtener información «políticamente reconfortante»] al objeto de poner en evidencia que esas expectati-vas existen, que «nuestras» decisiones están canalizadas por unas normas no escritas sino inscritas en nuestros «propios» gustos. No son normas estrictamente represivas —no podría calificarse como tal la obligación de pasárselo bien, permanecer felizmente casado,visitar lugares enriquecedores o vivir experiencias intensas—, antes bien, y he ahí su poder, resultan muy seductoras. Tampoco somos meros sujetos pasivos de esas normas, más bien somos activos agentes de su vigencia: nuestro cuerpo, nuestra ropa, nuestra felicidad, nuestro éxito o nuestra formación, al tiempo que son socialmente modelados, modelan a nuestros convecinos en una sociedadde mirones [de ahí la importancia, a menudo muy infravalorada, de modificar el gusto]. Del mismo modo que no podemos dejar de ser políticos, tampoco podemos evitar ser modélicos.

A este respecto, el momento de la pose ante la cámara resulta paradigmático, aunque cada vez más difuso. Vivimos televisualizados.No es [sólo] que, en el marco de la sociedad de la vigilancia, la comunicación y la información, pasemos horasdelante de cámaras de seguridad, cámarasweb, teléfonos móviles, satélites artificiales… es que, en la sociedad de la imagen, la mirada toda se ha hecho instantánea, capta el brillo fugaz de la superficie de nuestra imagen, a la que mecánicamente nos adaptamos para «saliren la foto», que es la única manera que tenemos de reconocernos.

Durante siglos imaginamos que sobre nuestras cabezas pendía, cual espada de Damocles, el ojo de Dios, un espectador preclaro [más quenada porque se elevaba por encima de los puntos de vista mundanos, siempre subjetivos e interesados], que juzgaba nuestro papel en la comedia humana [por aquelos tiempos aún no «demasiado humana»]. Sin duda, puede legar a resultar molesto sentirse permanentemente observado —la privacidad es uno de los logros sociales de la revolución burguesa— pero también resulta gratificante entender que nuestra vida no es pura contingencia, que forma parte de la fabulosa representación de un plan divino. Sin espectador, la actuación no tiene demasiado sentido, pierde tensión,se hace laxa.

Pero volvamos a la fría tarde berlinesa. Habíamos dejado a unos personajes helados sobre un gran lienzo blanco sin saber muy bien qué papel jugar en aquella escena en la que el «apuntador» se había limitado a registrar la ausencia de libreto. Sin duda, todos ellos conocían un cuadro anterior de Otero en el que se mostraba un parque también nevado cuyo blanco [que reiteraba el del propio lienzo] apenas se veía interrumpido por unos bancos vacíos que rodeaban unaespecie de tarima también cubierta por la nieve. Nadie para observar nada que ver. Sólo una inscripción, «end of the show», suficientemente tenue como para poderla confundir con «end of the snow».El cuadro se titula tabula rasa. Ya saben que no es infrecuente identificar la modernidad con el proceso de desmontaje de todas las certezas tutelares basadas en la autoridad de la tradición [y, en consecuencia, del orden infame que sobre ellas se mantenía], ni específicamente la modernidad artística con el desmontaje de todas la inercias académicas que durante siglos engalanaron los escenarios rituales en los que se representaba la ceremonia de la transmisión y consagración de esos valores eternos. Este proceso terminó deshumanizando el cuadro. No sólo porque de él desaparecieran los dioses, los príncipes y los héroes, sino porque, con ellos, desaparecie-ron también todos los modelos que el espectador podía reconocer y con los que se podía identificar. El cuadro no imitaba nada y no proporcionaba nada para imitar. El espectador sólo se podía reconocer en el vacío que le obligaba a forjarse su propio criterio. El arte moderno provocó una tempestad que arruinó el espectáculo autolegitimante de la tradición. Pero el fin del show coincide con el fin de la nevada.

Los diez individuos citados conocían también sin duda otro cuadro de Otero con una pluma atenazada ante el papel en blanco.Significativamente, el papel en cuestión no es un folio suelto, sino un libro. Y un libro en blanco sólo puede ser un diario [¿o uno de esos inquietantes libros de visitas que te obligan a pensar alguna ingeniosa dedicatoria?]. Sea como fuere, el formato del libro obliga a las páginas sueltas a adoptar un orden secuencial que evoca siempre aquello del «planteamiento, nudo y desenlace». Cabe imaginar que aquellos diez conocidos ataron cabos y se reconocieron repoblando la escena post.moderna, enfrentados colectivamente ante un gran lienzo en blanco sin las prótesis sociales de la tradición y sin ninguna indicación por parte del demiurgo del encuentro sobre cómo integrara quel fragmento de existencia en un diario, en el registro de una biografía

Prueba superada. No es excesivo imaginar que el artista había creado un exitoso dispositivopara obligar a sus espectadores a participar en una performance poco enfática en la que sedaba cita el colapso de los hábitos pequeño-burgueses con la necesaria movilización de lamemoria cultural para provocar un cierto esclarecimiento en la línea de lo que podíamos amar el proceso moderno de «emancipación». Hasta aquí lo previsible. Lo más significativo comienza cuando José Otero proyecta la foto sobre un lienzo… ¡y la pinta! A nadie se le escapa que este paso ha dejado de ser normal. La fotografía escenificada sobre una acción «performática» está consolidada en el mercado y es canónica en las bienales. Podríamos pensar que José Otero tiene una gran facilidad para la pintura y le cuesta menos realizar un cuadro que una buena foto. No es el caso. José Otero no es ni mucho menos un manitas [que me perdone esta declaración que puedecontra venir la consideración popular del artista como «el favorito de la naturaleza»]. Sin duda está mucho más dotado intelectual que manualmente. Sus cuadros son fruto de un esfuerzo, de una inversión de tiempo y trabajo para proporcionarle a la imagen mental una densidad que se inscribe en el lienzo no tanto como registro de una abnegación calvinista sino de una determinación contranatura que crea estilo [no precisamente pictórico]. Ese esfuerzo de fondo se deja ver también en la figura, que no trasmite la jovial ligereza de lo pasajero sino la aparatosa eternidad de un instante esclerotizado.

Me inclino a pensar que si José Otero tomó la extraña decisión de pintar aquella fotografía era para poner en evidencia lo raro que espintar en un mundo plagado de gadgets capaces de captar y reproducir imágenes. Supongo que consideró que la fotografía, precis-mente por la proliferación de visiones fungibles, merecería una mirada desatenta y que la performance procuraba un esclarecimiento demasiado restringido. Supongo que consideró que aumentar la escala de la fotografía o la performance le obligaría a hacer concesiones a la estética del espectáculo o, más sencillamente, a asumir unos costes [y, en consecuencia, unos mecanismos de financiación] y unas dependencias de terceros que le restarían independencia. Sin duda pensó que el espectador se haría cargo de que pintar lleva su tiempo [el tiempo de la concepción intelectual de la obra ode su post.producción no resulta tan elocuente] y confió en que esa demora inscrita en la superficie de la imagen se proyectaría en el tempo de su contemplación. Debió pensar que la observación de esa demora transmitiría a un espectador hipotético las ya comentadas sensaciones obtenidas ‘en vida’ por su grupo de conocidos.Debió pensar que, de ese modo, estos se convertirían en personas anónimas, en ese cualquiera que somos todos, con cuyo destino cabría identificarse. Debió pensar que, de ese modo, sacaría a colación el asunto de la rehumanización del cuadro mediante la proposición de unos modelos plenamente seculares. Y, sin duda, sabía que la crítica institucional no vería con buenos ojos este retorno antivanguardista de la vida al arte por la vía de un procedimiento artístico tantradicional como la pintura figurativa.

Los procedimientos tradicionales de formalización artística se subvirtieron en su momento para dificultar la contemplación pasiva y absorta de la superficie de la imagen y obligar a legar a su trasfondo. Por otraparte, la vanguardia artística, muy influida por el marxismo y, por ende,por Hegel, pensaba que el arte debía corresponderse con el espíritu de los tiempos y favorecer su progreso; y que, en consecuencia, el arte moderno debía vincularse con el maquinismo y los medios de producción tecnológicos. Lo cierto es que ya nadie imagina siquiera que la historia sea el registro del progreso del espíritu hacia su plenitud. Y los procedimientos no tradicionales han alcanzado tal grado de manierismo que deslumbran con su espectacularidad la percepción de que su trasfondo está en la superficie misma, que los medios son los fines. Quizá por eso José Otero inscribiera de un modo tan discreto comovisible en su cuadro parte de la tesis 157 de La sociedad del espectáculo.

Por su parte lo que ha sido vivido realmente carece de relación con el tiempo irreversible oficial de la sociedad, y se encuentra en oposición directa con el ritmo pseudocíclico del subproducto consumible de este tiempo. Estas vivencias individuales de la vida cotidiana separada carecen de lenguaje y de concepto, carecen de acceso crítico a su propio pasado, que no se consigna en parte alguna. No se comunican. Permanecen incomprendidas y olvidadas en beneficio de la falsa memoria espectacular de lo no memorable.



Como quizá sepan, en La sociedad del espectáculo Guy Debord realiza un esclarecedor análisis del proceso por el que la realidad, incluida la vida humana, se ha trasformado en apariencia mediada por imágenes espectaculares que no afirman más que: «lo que aparece esbueno, lo bueno es lo que aparece». Debord advierte que si el capitalismo en su primera fase no consideraba del trabajador más que su trabajo, despreciando su tiempo de ocio, su humanidad; en su fase espectacular, por el contrario, le dispensa todo tipo de consideraciónen su nueva condición de consumidor. Esta atención se encamina a reintegrar el tiempo que el incremento de la productividad ha liberadoa la maquinaria productiva mediante el control de la totalidad de la vida del individuo a través de la producción incesante de deseos al margen de las necesidades que impiden que los trabajadores se adueñen de sus momentos y adquieran ‘conciencia del deseo, idéntica al deseo de la conciencia’.

El desmontaje sistemático de los valores nos [des]ubica en un mundoen blanco, frío, deshumanizado, en y con el que resulta difícil identificarse. El mundo de la comunidad de los que no tienen nada más en común que el hecho de ser víctimas de una especie de cita a ciegas a escala planetaria en un escenario leno de ‘extras’ pero del que hahuido el realizador. Vivimos con la inquietante sensación de que senos ha traído a un gigantesco orfanato [no es que no seamos ya hijosde Dios, es que ni siquiera podemos reconocer a un padre biológico que se empeña en ser nuestro colega y renuncia a ostentar la autoridad que antes tenía delegada de El Padre] en el que los pibes «veteranos» tienen montada una mafia aprovechando que se han dadocuenta de que, en realidad, no hay nadie detrás de las cámaras deseguridad. El cuadro blanco sobre blanco —o la sala de exposiciones vacía— fue el último experimento modernista con las posibilidades materiales del soporte una vez descartada la iconografía tradicional. Pero también supuso el reconocimiento del final del proceso de deshumanización del cuadro: de él habían sido desalojados los dioses, las autoridades, las convenciones, las creencias, los principios inmutablesy universales de la representación. Principios que no tenían sólo que ver con la imitación de los referentes o con la elección de los referentes a imitar, sino con algo más profundo, con la confianza en la existencia de un modo de proceder que podía asegurarnos el acceso a la verdad, es decir, el establecimiento de una relación indubitable entre una realidad exterior y un determinado punto de vista. La modernidad había hecho tabula rasa. La identidad, ese estigma que, durante siglos, adquiríamos al nacer y conservábamos hasta morir en funciónde nuestro sexo, nuestro linaje, nuestra religión, color de piel, lengua,comunidad… era algo por alcanzar después de un arduo trabajo sobre uno mismo. Por fin éramos un lienzo en blanco que provocaba la insondable inquietud de tener que inscribir en él una biografía con planteamientos, nudos y desenlaces. Ante aquela pavorosa visión de la nada [ningún referente, ninguna norma, ningún punto de partida,ninguna convicción, ninguna seguridad…] muchos se apresuraron adeclarar la muerte del arte. Otros, en lugar de declararla, sencilamente la pusieron en práctica.

El Minimal o el Conceptual se tomaron el trabajo intelectual de poneren evidencia el fin del juego. El Pop, sin embargo, siguió jugando. Con el cadáver. La crisis de la representación no tenía [sólo] que ver con el agotamiento de las cosas que decir, sino con el agotamiento de laconvicción de que una determinada manera de hablar pudiera reclamar mayor legitimidad que otra. El propio arte levantó acta del trasvase de poderes a la cultura del espectáculo: alí encontraremos ahora los modelos, si no los dioses, al menos sí las estrellas, y, desde luego,la pompa y el boato que ornamentan los rituales del reconocimiento.Y no están alí por ninguna razón especial, porque tengan algo quedecir o porque conozcan un modo especial de hacerlo, sino porque están. Si están es que lo merecen, y sin duda lo merecen porque están. Cualquier otra instancia crítica está de más. Al espectador no le queda más expectativa que reconocer la tendencia en el mundo de la mercancía. Porque las cosas también han padecido su crisis de identidad, tampoco son ya lo que son, aquello para lo que nacieron, su valor no está en el uso sino en el cambio, en el precio. Ya no nos miran desde el escaparate con ojos lánguidos demandando que busquemos para ellas alguna función, que las inscribamos en una vida, que las imaginemos un uso. Ahora nos ignoran ensimismadas sabiendo que gozan de antemano del único estatuto al que podemos aspirar: ellas ya están, en el primer plano del escaparate, captando la mirada y mostrando orgullosas su precio.

De una manera imprevista el objetivo de la vanguardia se había cumplido: arte y vida se confunden en una sociedad estetizada, donde no sólo los valores de uso, también los de cambio y los de culto cotizan en el mundo de la apariencia, convertido en un gigantesco escenario en el que la vieja mirada vertical se dispersa en una multitud depequeñas miradas interiores. Al arte parecía que le quedaban do scaminos: la disolución en el mundo del espectáculo, la imagen, la información, la comunicación, el mercado… o bien la salvaguarda del recuerdo de la posibilidad anacrónica de imaginar que una determinada forma nos pueda poner en relación con una dimensión por encima de la general confusión entre el valor y el precio.

La vida se ha hecho prosaica, ya no se proyecta hacia una dimensión trascendente. El cuadro en blanco ha vaciado todos los contenidos «sagrados» hasta vaciarse a sí mismo. En muchas épocas y culturas esa iconoclastia se identificaba con lo divino, con aquelloque no podía traducirse al lenguaje humano, que no podía representarse. La tautología recordaba el impronunciable nombre de Yhwh[etimológicamente: Él es] presentándose a los hombres mediante la fórmula: «yo soy el que soy». Hoy el espectáculo se manifiesta como la nueva divinidad impresentable: lo que ves es lo que ves, el que vale, vale y el que manda, manda, esto es lo que hay... una prepotente realidad anodina que no necesita apuntar dimensiones trascendentes para justificar su presencia, un fuego fatuo que no acabade consumirse.

En Zoom out dos jóvenes sostienen una tela blanca. Recuerda el paño de la verónica, pero ya no se percibe en él el rostro de lo divino. Durante siglos, la Santa Faz fue la garante del poder de la pintura. El cuadro era un símbolo capaz de ponernos en comunicacióncon una realidad trascendente porque, como la Hostia, encarnaba la presencia de lo divino. El cuadro era humano en la misma medida que lo era el Cristo: se hacía carne para que el Verbo «habitara entre nosotros», era hijo de mujer, pero sólo en la medida en que está había aceptado —como el artista— el papel de médium de la revelación al convertirse en un vientre de alquiler o en un paño de lágrimas del rostro de lo divino encarnado en lo humano. Ahora el lienzo es también un sudario, pero sin cadáver. Es la mortaja de sí mismo, de la propia pintura. No como procedimiento artístico, sino comoposibilidad estética de trascender el espectáculo. La pintura ha muerto. Y su persistencia no puede aspirar a más estatuto que el del zombi; una naturaleza [muerta] que, paradójicamente, le permite recuperar su vocación mimética al coincidir con una realidad que se sigue moviendo por pura inercia después de haber perdido el alma. El lienzo en blanco se ha convertido en pantalla, una superficie plana que no evoca la posibilidad de que nos traslademos más allá de esta dimensión, sino de que proyectemos en ella la luz cegadora del espectáculo. La pintura es un mero recuerdo.

Recuerdo, ¿de qué? Zoom out es, efectivamente, un travelling hacia atrás que abre el campo de la visión para recordarnos que son los ciudadanos los que sostienen el tinglado. Puestos a recordar, es importante recordar que el cuadro nació, a mediados del siglo XVI , junto con la sociedad burguesa, como un zoom out, cuando Aersten decidió ampliar el campo en el que se desarrollaban las escenas sagradas —en concreto la visita de Cristo a la casa de Marta y María— para desvelar su ubicación en una cocina. Estos primeros bodegones, pintados no sobre el muro de la iglesia sino sobre una superficie mueble susceptible de ser comercializada, decoraban unas cocinas muy similares a las que representaban. La puesta en abismo que suponía la representación del cuadro de la escena evangélica [de El Texto] dentro del cuadro [del para.texto] se duplicaba al colocarse en el lugar que reproducía. Este juego barroco habilitaba el propio escenario de lo cotidiano [el con.texto] como el cuadro dentro del que se situaba el cuadro. La presencia de este no era simbólica [no era una ventana que horadaba el muro para ponernos en contacto con otra dimensión] sino emblemática, espejaba la realidad, la re.flexionaba para recordar su condición escenográfica,con.substancial a la propia pintura. Vivimos en un diorama. El insistente preciosismo de Otero hace que sus paisajes recuerden a los gráficos de los simuladores de vuelo y sus interiores, donde practica lo que denomina «antropología cálida», parezcan de cartón piedra, la dirección escénica del decorado de la realización de la vida.

Sin duda, la naturaleza reflexiva del emblema reclama la interpretación, pero no necesariamente del cuadro. Stoichita nos recuerda [La invención del cuadro] que el emblema es «un signo forjado para ser citado» que se inscribe en un trabajo de producción de sentido:«añade a un texto —decía Alciato [Emblematum Liber, ad lectorem]— gracia y placer […]. Incita al alma, alimenta el ojo; se incorpora a lo que está vacío dándole un sentido […]; da la palabra a lo que está mudo, da razón donde falta». El emblema inscribe una especiede nota al pie en la realidad que nos recuerda su naturaleza textual y, por lo tanto, la necesidad de buscarle una significación. Han pasado los días inmovilistas saturados de textos sagrados en los que el filósofo renunciara a interpretar la realidad para dedicarse a cambiarla. Hoy que «todo lo sólido se desvanece en el aire» se hace perentorio «dar razón» de tanto movimiento.

Volvamos entonces a la escena del parque. Ahora entendemos un poco mejor la decisión del artista de pintar aquel encuentro: no pretende documentar la anécdota, sino inscribirla en unos protocolos anacrónicos y señalar esta decisión como una posición dialéctica frente a la cultura del espectáculo. El paso atrás para fotografiar la escena es también un paso atrás con respecto al ritmo de la historia: la imagen capturada, que pertenece en origen al universo de la imagen-tiempo tecnológica, es descontextualizada y conducida a un espacio extemporáneo, a un para.texto que no le pertenece y dónde el fluir de la vida se coagula como un fotograma extraído de su película. Este instante detenido ya no puede ponernos en comunicacióncon lo eterno, al fin y al cabo el cuadro no es más que una tela, pero puede inscribir lo contingente en el espacio mental de la memoria [y la memoria en el especio mental de lo contingente]. Al poner una imagen contemporánea en contacto con un recuerdo histórico se genera mentalmente una línea que puede prolongarse al futuro. La imagen aparatosamente congelada se hace alegórica, apela a lo que le falta, nos permite superar esa visión infantil que confunde lo que sucede de hecho y de derecho, nos recuerda que las cosas podrían ser de otro modo. José Otero ha pintado una escena costumbrista en formato pintura de historia. Durante siglos, este honor se reservó precisamente a las escenas que se sustraían de lo insignificante y representaban individuos ejemplares en situaciones paradigmáticas. José Otero reconduce la existencia al plano de la historia, lo personal al plano de lo político. Es precisamente su insignificancia, la falta de elocuencia, la carencia de un texto que le de sentido al papel de estos individuos derrelictos, lo que convierte en modélico este encuentro en un para-digmático lienzo en blanco. El paso atrás para sacar la foto es otrozoom.out que nos permite percibir que el nihilismo está habitado por seres humanos que deberían convertirse de nuevo en la medida de un progreso tan espectacular como autolegitimado.

El artista sabe que el significado del cuadro coincide con la posición que obliga a tomar a su espectador para apreciarlo. Y sabe que para entender sus imágenes el espectador debe inscribirlas en el espacio de una disciplina anacrónica. Al convertir su pintura de género en un cuadro de historia no sólo recuerda e intensifica mediante su descontextualización el contenido paradigmático de la necesidad dereconstruir la película de esos personajes en busca de autor que constituyen la comunidad de los que no tienen nada en común, sino que anticipa la posibilidad laica de encontrar ese sentido mediante la inscripción de lo contingente en el plano de la memoria. El género ya no es un dogma académico, es un patrimonio articulado de conocimientos que permiten que determinadas decisiones, ligeras variaciones, puedan resultar significativas. Es el telón de fondo frente al cual nuestros actos pueden cobrar sentido al margen del espectáculo[que los obliga a ser autoreferenciales] y, por lo tanto, un valor al margen de su precio. La posibilidad de poner en relación el acto aparentemente trivial de extender una sábana con uno de los actos fundacionales de la cultura occidental permite inscribir lo que sucede en un gran relato que nos recuerda que la muerte del arte es sólo un episodio de una película cuyo desenlace está por escribir.Todos los revolucionarios disparan a los relojes e inventan un nuevo calendario. Pretenden demostrar con ello que su nuevo orden es el ultimo capítulo de la Historia, escrita sólo para legitimar su advenimiento. El imperio del nihilismo no podía ser menos. El fin de la historia, el gran argumento del capitalismo, identifica la actualidad con el fin de la partida, la meta de la evolución de la humanidad. La caída del muro de Berlín marca el comienzo de una etapa de ajustes estructurales para asentar a escala global el orden insuperable del espectáculo del capitalismo. La devolución de esta realidad al plano de la historia nos permite entender el vaciamiento del cuadro como el nudo de un planteamiento que espera su desenlace: al borrar todos los dogmas, la modernidad no pretendía la exaltación del nihilismo, sino la reconstrucción de la película de la vida en un escenario sin preconcepciones. Los individuos concitados en este frío espacio del nihilismo debemos vernos a nosotros mismos en la tesitura de volver a inscribir nuestras vidas en el plano del sentido sin recurrir a ninguna certeza tutelar. Es en ese vacío en el que debemos alentar la conciencia del deseo y el deseo de conciencia. Esa es nuestra Bildungsroman.Pocos meses después, Tres personas anónimas perdiendo el tiempo convocaba otros viejos conocidos en el mismo lugar donde conocimos a los diez anteriores. Juegan con su perro, hacen equilibrios, reflexionan… en fin, excentricidades. Liberan su tiempo del bucle del consumo. End of the snow. Es primavera.