EDUARDO WESTERDHAL
REFLEXIÓN SOBRE LA REFLEXIÓN DEL PINTOR PADORNO (1982)
Manuel Padorno es el benjamín de un grupo de artistas que se
juramentaron para transformar el medio social en que vivían. Su
centro de actividad era una isla -Gran Canaria donde había
nacido este equipo preocupado por poner al día la cultura
insular. Entre otras figuras de la disconformidad, estaba integrado por
el pintor Manolo Millares y por el escultor Martín Chirino.
Junto ellos -siete y ocho años menor- Manuel Padorno. Y nos
referimos a los tres por tratarse de artistas que desligaron las
amarras isleñas, sin pérdida de contactos con las islas,
y marcharon a la capital de España, buscando para sus
sueños un campo de operaciones más amplio.
No olvidemos que todo se gestó en la isla. Cuando Padorno
tenía diecisiete años conoce a Millares y a Chirino.
Hacen reparto del destino de cada uno. Chirino sería escultor,
Millares pintor y. Padorno es nombrado poeta. Y está bien el
juicio. Padorno oirá crecer las palomas -ya el título de
este libro del que es autor nos muestra de manera transparente su
desnudez poética; las reinas negras de Chirino, realizadas en
piedra o en hierro, darían paso a espirales y aeróvoros y
las pictografías canarias de Millares se transformarían
en homúnculos delatores.
Manuel Padorno vive la creación poética, pero se revela
secretamente, pues siente propensión a trabajar en obra
gráfica, y es así, al margen de su función
poética, de su trabajo editorial, de sus continuos viajes, de
sus visitas a museos y galerías internacionales, de sus
conversaciones de altura con Josefina, Manolo y Martín, es
así, repetimos, como se forja este pintor y como se muestra al
espectador, a los cuarenta y ocho años de haber nacido. No se
dirá que el fruto no está maduro. No se dirá que
en estas obras no existe mucha reflexión, mucha memoria visual,
mucho pensamiento inquisitivo, amasado con la pintura y con la
expresión del color. No se puede decir que el cuadro no registra
la más pura imagen poética, evasiva, inapresable,
cósmica, saltando fronteras, planos y rigores urbanos para
establecer comunicación con el espacio.
Creemos de rigor, dentro de una honestidad, contar con la
opinión que un artista tiene de su obra, vamos a lIamarla
crítica, mientras no se encuentre otro término más
exacto: ¿Crítica de qué?, ¿Por qué?,
¿a cuenta de qué?, ¿con qué razón o
poderes? En cuanto a juicio, positivo o negativo, bueno o malo, la
crítica, el juicio personal, son absolutamente inmorales,
entrometidos en la virginidad de la creación y en la pureza, la
independencia y la voluntad individual.
Dicho esto, bastante desagradable de decir por lo que tiene de suicidio
crítico-corporativo (tú serás pintor, tú
serás escultor, tú serás poeta... Y ya vemos que
Manuel Padorno ha dicho SI, PERO NO o TAMBIÉN). Ya no se trata
de castas, ni de profesiones universitarias, ni de pluriempleo. Queda
entendido que se trata de una vocación contenida.
En consecuencia, y siguiendo este criterio de hacer participar al
pintor en la opinión crítica exterior, vamos a recoger
declaraciones de Padorno aparecidas en el catálogo de su
exposición en el Museo Casa Colón de Las Palmas, en
Noviembre del pasado año.
En la primera declaración que escogemos escribe con sinceridad
las etapas fundamentales de su memoria -no de influencia-
pictórica: Kandinsky, Mondrian, Matisse, Itten, Wols, el
Constructivismo y el Expresionismo abstracto... La memoria del
espectador puede añadir otros nombres: Bogart, Jochims, Newman,
Biedermann, Olitski, Rothko, Verheyen... Nos encontramos, pues, ante
una escuela, pero también, y esto es lo importante, ante una
visión contemporánea de penetrar en el conocimiento del
hombre y su universo. Sabemos de esta manera que nos encontramos con
una gran familia, de características individuales, distintas. Y
todas las artes que se han fijado en el tiempo han sido dentro de
prácticas familiares, con sus pares, sus teorías
amparadas hombro a hombro y sus grados diferenciales en el cumplimiento
de un proceso.
Atención a lo que escribe Manuel Padorno: "Cuando Max Bense mira
el mar desde la orilla no sólo ve en el aire las calles por
donde entra o cruza el viento, ni la tela pigmentada con su textura de
oleaje, sino que en su activa contemplación mental extiende y
puebla ante sus ojos la honda hierba vegetal en el fondo marino y en
este frondoso paisaje sumergido llega la primavera, brotan frutos. Y
con las herramientas de su artesanía rema decidido mar adentro
en la certidumbre de que va a prender en sus redes dialécticas
el pez heurístico. Yo pretendo también remar en esa
dirección".
La cosa está clara. Ya tenemos los datos principales para
registrarlos en su ficha. Tenemos su memoria, la memoria del
espectador, su familia y su dirección dialéctica.
Pero lo que no está claro es la naturaleza del pez
heurístico. ¿Se trata de la captura de una cosa dada, de
penetrar en la fuente, en la memoria? ¿O se trata del arte de
inventar la cosa, de construir el pez?
En el término de las acciones artísticas pendulares -como
en el péndulo de un reloj, como en la captación del
tiempo inapresable: vas, vienes, vas; avanzas, regresas, avanzas
contamos siempre con la adquisición, la reflexión sobre
lo adquirido y su ordenación o pérdida. La aventura
dionisíaca puede completarse con el establecimiento
apolíneo. Con el establecimiento del orden de la razón. Y
ya, posiblemente -no hacemos sino iluminar con una linterna
convencional las tinieblas de la creación-, nos encontramos con
las irisadas escamas de una captura: el pez heurístico de Manuel
Padorno.
La multiplicación de sus planos, la concreción de la fuga
espacial, la distribución en cuadrados, en rectángulos,
las verticales armónicas que albergan el frote o fregado del
color con luminosas transparencias, nos pueden dar idea de la
dialéctica que claramente expresa la obra de Manuel Padorno: la
fuga espacial y el reencuentro con una ordenación constructiva.
Y existe una titulación que abarca toda su obra: NÓMADA
URBANO.
Podemos entender que se trata de una busca, de un regreso de zonas
espaciales, de una huida cósmica buscando una
organización urbana, que sea el límite próximo de
toda extensión indefinida. La abstracción perderá
su nombre en esta aventura y si no lo pierde del todo, lo va perdiendo_
en intención. No son los planos, las bandas, la
cuadrícula próxima la que se desintegra en el espacio.
Estas presencias en el ante-espacio nos describen de manera sumaria la
escala que el pintor hace en la ciudad. Y esta escala, todo lo
nómada que se quiera, la entendemos como un retorno a una
realidad.
Está fuera del problema de Mondrian al deshojar un árbol
y quedarse con las ramas para llegar a una estructura que establezca
una comunicación espacial; está fuera del neoplasticismo
de Van Doesburg en la transformación de una vaca en planos
rectangulares; está fuera de Rothko que quería entrar en
el cuadro, estar dentro del cuadro.
El proceso de la pérdida del objeto ha seguido una
evolución normal y ha llegado al color-color unitario, a la
pintura-pintura, a la vibración atmosférica, a la soledad
del espacio. Este espiritualismo -dentro de la idea de Kandinsky, de
Mondrian, de Tobeynos ha llevado a entender la obra dentro de una
mística. Nos ha llevado a situaciones de recogimiento, de
silencio y de comunicación sensible de naturaleza impar. Se
trata, posiblemente, del fin de un proceso. Se ha llegado a una nada
absoluta. Y es en esta precisa situación, dentro del más
y el menos, cuando Manuel Padorno se para a reflexionar. Ya hemos
descubierto la pintura que recoge su memoria, los nombres egregios de
pintores del proceso, de la andadura contemporánea del arte.
Más que inventar parece hacer un inventario y se nos fuga al
revés, regresando del espacio con las entendidas luces
vibratorias, con la misteriosa belleza del color fregado, hacia planos
o puertas transparentes, pero que son planos u objetos al alcance real
de nuestras manos, de nuestra necesidad urbana, de una otra realidad
que establezca una unión con el individuo y con el universo, con
la cosa y espacio.
