CAMINOS DE AGUA 

 Con motivo de la primera exposición individual de Mercedes Mirazo –año 1997– estimaba el crítico de arte Orlando Franco, que nos hallamos ante "una pintora a quien le interesa extraordinariamente la pintura". Con ello aludía tanto a la dedicación técnica y expresiva en el cultivo de su oficio, como a la entrega ferviente y arriesgada a los contenidos estéticos que, según el momento, acaparan su atención.

 Es precisamente a raíz de dicha muestra –La vela latina– que surge el tema plástico principal de su último trabajo. En particular, el díptico Ballet naútico –fondo azul oscuro con volátiles trazos blancos– establece un punto de partida que le sirve ahora a la artista para adentrarse en otras y variables aguas. Aguas en las que el azul vibra y se expande, se multiplica en tonalidades añiles, celestes, grises, emblanquece hasta desaparecer, se funde con el rojo para simular el negro. Registro cromático cargado de melodía interna, semejante a una composición musical elaborada mediante fugaces armonías. Tan fugaces que incluso la referencia visual predominante –el hito vertical– escapa de vez en cuando del marco aparente que lo contiene.

 Hay en estas obras una evidente inquietud por explorar los diversos recursos que ofrece la materia pictórica: empastes gruesos, superficies diluidas, borrados, lienzo sobre lienzo... combinados incluso en el mismo cuadro. Todo ello aplicado con gran libertad de ejecución, sin caer en el amaneramiento que suele provocar el supuesto dominio técnico. Quizá sea la sensación de inmediatez que desprende esta serie, ese aire de entrega espontánea al proceso de elaboración, lo que la sustrae de seguir una vía figurativa complaciente y más ligada a la percepción naturalista de los objetos.

 El paisaje de Mirazo es síntesis y reconstrucción, dado que las posibles referencias reales –mar, barco, tierra– quedan fijadas a modo de ecos, en tanto han ido perdiendo gravedad y nitidez a medida que adquirían condición de imágenes. Navegar por el agua y flotar en el aire son sinónimos, desde el instante que los territorios convencionales se intercalan, mezclan y superponen. Velas impregnadas de azul de mar, brazos de costa –¿o son fondos marinos?– que invaden el ámbito de la espuma y la sal, botes que danzan hacia un rumbo desconocido. Las bandas horizontales de color que fluctúan, tiemblan y se difuminan unas en otras, pertenecen a un original sismógrafo que detecta el sonido del gesto, el roce cálido entre el pigmento y la tela. El acto de pintar se adivina entusiasta y sincero, un "dejarse llevar" sin esquemas previos, sometido en todo caso a la reflexión posterior, al reposo tras el vaivén creativo.

 La progresiva simplificación de la imagen inicial –la regata de vela latina– lleva a la artista a emparentarse con una abstracción de corte expresionista, a la configuración plenamente mental e instintiva de estos caminos de agua por los que ahora nos adentramos. Caminos en los que se va colando de a poco el ocre/amarillo de un perfil montañoso que insinúa ya otra serie distinta. La ruta marcada no empieza ni acaba en el cuadro, continúa hacia el infinito escapando a nuestra percepción habitual. ¿No se avanza acaso de un lugar inconcreto a otro aún más indefinido?

 Si hubiera que destacar un rasgo significativo de la presente muestra, considerándola dentro de la breve pero intensa trayectoria profesional de la autora, señalaríamos quizá la falta de acomodación a un único lenguaje, el hecho de que, en escaso tiempo, Mercedes Mirazo ha optado por tratar los diversos contenidos según la demanda formal que cada uno de ellos le sugería, sin adscribirse a una línea evolutiva "lógica"  y perfeccionista en relación a culminar un estilo. El riesgo reside en la experimentación, en someter a continua prueba aquello que aparentemente controlamos. Este es el caso.

Eduvigis Hernández Cabrera