ENDEMISMO AZUL

 A partir de un reportaje fotográfico realizado en el Jardín Canario surge esta peculiar visión que la artista desvela en torno a la naturaleza autóctona de la isla. Alteraciones de color y textura, extraña convivencia de referentes paisajísticos que la mirada habitual separa y aprecia en considerable lejanía. La vegetación se hermana  por su cuenta  con el agua salada, se funde con ella en un baño de azul incontenible. ¿Acaso no es el mar el auténtico y verdadero endemismo omnipresente?

 Hay árboles que semejan brotar del oleaje que rompe a sus pies, lamiendo troncos y raíces con mansa violencia. Los caminos son lenguas líquidas que avanzan a borbotones atravesando el bosque. La inundación se apodera de cualquier palmo de tierra con vida, no para destruirla, arrasar ni secar savias o resinas. Por el contrario, aquí todo reazulece para ganar en fuerza y atractivo. Malva, violeta, gris verdoso...la atmósfera irreal propicia el vuelo de la imaginación, el comienzo de una historia. Cierto es que leyendas y cuentos suelen suceder entre sugestivas y exuberantes formas, por lo demás cargadas de misterio. El escenario azul que el mar empapa aporta si cabe aun mayor promesa de acontecimiento.

En buena lógica el isleño vive rodeado de mar, lo respira de continuo, e inevitablemente, lo ve por todas partes. Sus ojos se impregnan de mar, quedan sus retinas saturadas de azulinos tonos que acaban dotándolo de un curioso romanticismo daltónico. Románticos y exaltados son los encuadres que Sira Ascanio ofrece en estas singulares especies endémicas en vía de aparición. Apariciones cuasi nocturnas de vez en cuando envueltas por una increíble luz de luna. Estampas de otro planeta –mental sin duda– en el que la vegetación destila clorofila submarina. Planeta azul de ensueño posible, donde el agua que más abunda –la única disponible en exceso– no permite la sequía. Deseable ficción de un jardín perenne irrigado a perpetuidad, por un mar que ya no se ignora, e incluso se reivindica.

 Tierra y agua componen la isla, mirar hacia dentro es también mirar hacia fuera. Y viceversa, dado que en el interior es azul el corazón que late.