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Manuel Padorno fue un poeta
sin interrupciones, a quien la pureza de su vocación acaso le
hizo desentenderse del mundillo literario. Desde su aparición
en 1955, con Oí crecer las palomas, hasta los últimos
ochenta, su voz apenas había trascendido el círculo de los
allegados. Los noventa fueron, en cambio, una tromba de
escritura que al fin se difundió en editoriales de alcance
nacional. En unos meses de furor creativo compuso numerosos
poemas que fue repartiendo en cuatro series, dos de las cuales
se publicaron en Para mayor gloria (1997) y Hacia
otra realidad (2000), quedando inéditas hasta hoy El
otro lado y Fantasía del retorno. Sin embargo,
"cuando amainó este tourbillon poétique me di cuenta de
que los cuatro libros -arquitectónicamente palladianos- serían
uno", según aclaró dos meses antes de morir.
Canción atlántica,
donde se recoge ahora el conjunto al cuidado de Josefina
Betancor, viuda del poeta, es en efecto un "libro único",
tanto como puedan serlo El preludio, de Wordsworth, o
Cántico, de Guillén, y más que La realidad y el
deseo, de Cernuda. Así lo evidencia una construcción de
armonía pitagórica, pues cada uno de los cuatro apartados
consta de siete secciones, formadas por siete poemas
homogéneos en la extensión y en el ritmo, de endecasílabos sin
rima por lo común. Y si en la estructura Padorno ha actuado
como el Dios geómetra, en la progresión temática lo ha hecho
como el Dios músico, pues Canción atlántica es una
sinfonía de glorificación. La obra tiene el aliento de las
grandes cosmogonías literarias como Canto general, de
Neruda, o más aún, Cántico cósmico, de Ernesto
Cardenal, incluidas las resonancias de un peculiar futurismo
de imponentes fuerzas elementales: "la máquina se ha puesto a
triturar / el vapor y a salarlo; y a expandirlo /
interminablemente, a manos llenas / en todas direcciones, a
aventarlo / en grandes oleadas"...
Igual que en ellos, el
colosalismo y la reiteración formularia pueden llegar a
sistematizarse, con la consiguiente neutralización de sus
efectos. Al relato de este Génesis concurren signos de
identidad del autor, como el desgajamiento de sus miembros, la
duplicación corporal, los mitos solares, los animales de su
particular bestiario: enormes hormigas que balan, caballos
desbocados que se salen del aire, pájaros de agua.
Aturdido o alelado por la
confusión de los sentidos, el sujeto escapa de las mazmorras
del yo. Ante él se alza un panorama nacido en un laboratorio
de marmitas y retortas, poleas y engranajes, destilerías
oceánicas. En su camino purgativo hacia la tierra de promisión
se ve asaltado por las tentaciones entrañables de lo que deja
atrás, pero no cede en su determinación de proseguir: "Ya todo
lo visible me estorbaba. / Trabajo en apartarlo. Dondequiera /
hallo objetos, paisajes conocidos": montañas, nubes, flores,
ríos. Una vez en El otro lado, título del tercer y más
intenso apartado del libro, el poeta se siente pionero de un
"genuino país de la otra luz", en que las formas habituales se
han desleído en un proceso de abstracción plástica que conoce
bien el Manuel Padorno pintor. Para la organización mental de
este universo, el autor debe remitirse al paisaje que
habitaba: Islas Afortunadas, playa de Las Canteras. No por
ineludible es menor la impostura de esta correspondencia:
"Para hablar de este sol, que es bien distinto / habré de
referirme, inevitable / al viejo espacio iluminado entonces".
Otro tanto ocurre con las palabras, nacidas antes de que
existieran las realidades a las que ahora designan: "el día
(esa materia que llamamos / día)"; "Y el sol que alumbra (por
llamarlo así)"; "¿Qué nombre darle a un árbol que no se /
parece a un árbol y es un árbol?".
Canción atlántica
es un empeño poético mayor, fábula y cántico de la creación de
un mundo que el autor descubre y nos da a descubrir. No
debiera esta voz, tan personal y de tanto fuste, pasar de
nuevo inadvertida en medio de la algarabía.
© El País S.L. | Prisacom S.A.
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