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Celebro
mucho haberte conocido, Manuel
Por José A.
Alemán
Anoche vi a Manuel y su
sonrisa mataperra invitando a la trasgresión, por menuda que fuera. Me dio la
espalda y echó a andar sin invitarme a seguirlo. Iba hacia la noche que se
transformó, así son los sueños, primero en el bosque suyo de árboles
luminosos; después en un atrio de espumas de mar donde se respiran maresías y
vuelan las gaviotas incendiadas; luego en la inmensa catedral de
luz atlántica que nos ha ido construyendo verso a verso, tantos
años. Allí desapareció mimetizado, hecho luz. Ya no volverá a
darle manotazos al interruptor de detrás de la puerta de Punta
Brava con que ponía en marcha las mañanas de la playa de Las
Canteras antes de salir a pasearla, a clasificar por zonas al
andar los sonidos de la bestia marina, las distintas texturas de
la arena y la figuración de las nubes, variable según las
estaciones. “Una nube es una nube, Manuel”: “¡Tú fíjate y verás
que no!”. [Leer más] |
Mirar y vivir en Punta Brava
Por Luis Sosa
Al mirar el mar desde Punta Brava
puedes ver los surcos de las barcas en el mar hasta el horizonte y más allá.
Se ven los caminos trazados en el agua por los camineros del alma que llegan y
van de un lugar a otro, formando estructuras de pensamiento para más tarde
regurgitarlas a todo el que lo desee.
Las gaviotas llegan, siguiendo esas
sendas ocultas a los humanos que no se asoman en Punta Brava. Planean y hacen
cabriolas para comer en las calles del océano, una vez saciadas se pierden en
el Árbol de Luz, agazapándose en los sueños, donde los objetos toman
apariencias inusitadas para luego en perfecta formación angular acercarse a la
Punta y compartirlos con el hombre que mira soñando.
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Nocturna Free
Por Antonio Aguiar
A finales de la década de los
ochenta, disfruté con él muchos y buenos ratos de ocio en el CUASQUÍAS de la calle Venegas, cerrado en 1990 y
reabierto en la zona Triana (San Pedro) en 1994.
En aquel local de la calle Venegas
un grupo de amigos, entre ellos Manolo Padorno, "cometimos" más de un desconcierto bajo la
marca NOCTURNA FREE. Este grupo lo integraban, además del propio Padorno, Luis Sosa, Carlos
Álvarez, Miguel Colorado, Morgan y otros que se iban sumando de forma
inesperada.
José A. Alemán constituía
todo el público que asistía con absoluta puntualidad cada lunes;
le acompañaba, eso sí, Toñín Barrera, fundador de CUASQUÍAS, sin cuyo concurso
aquello no hubiera sido posible (era quien tenía las llaves del local). [Leer
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El poeta que paseaba por la playa (Recordando a Manuel
Padorno)
Por Santiago Gil
El poeta recorre la playa de
punta a punta. Lleva un cigarro pegado a la comisura de los
labios, una gorra de marinero de tierra adentro y generalmente una
camisa a rayas que le sirve para meter el mechero, la caja de
tabaco y una pluma con la que ir trazando los versos que se le
ocurren mirando las olas. El poeta está sólo en medio de la gente,
concentrado en el rumor del Atlántico y en la textura de la arena
que pisa descalzo como si a cada paso estuviera estrenando o
reconociendo el mundo. Si le saludas te saluda tímidamente
levantando la mano con mucho cuidado de no alterar la quietud de
las gaviotas y los alcaravanes que sobrevuelan su sombra de
rastreador de sueños imposibles.
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Sinfonía del mundo nuevo
Array
Por Angel L. Prieto
Manuel Padorno fue un poeta
sin interrupciones, a quien la pureza de su vocación acaso le
hizo desentenderse del mundillo literario. Desde su aparición
en 1955, con Oí crecer las palomas, hasta los últimos
ochenta, su voz apenas había trascendido el círculo de los
allegados. Los noventa fueron, en cambio, una tromba de
escritura que al fin se difundió en editoriales de alcance
nacional. En unos meses de furor creativo compuso numerosos
poemas que fue repartiendo en cuatro series, dos de las cuales
se publicaron en Para mayor gloria (1997) y Hacia
otra realidad (2000), quedando inéditas hasta hoy El
otro lado y Fantasía del retorno.
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El
arte de Padorno vuelve a Madrid
Por Juan Cruz
Padorno fue una figura
verdaderamente singular; con el pintor Manuel Millares, con el
escultor Martín Chirino y con el músico Juan Hidalgo dejó
Canarias en los cincuenta y en Madrid desarrolló una amplia
labor, dedicado sobre todo a la edición de los libros de
poesía de sus contemporáneos, los componentes de la generación
del 50. Casado con Josefina Betancor, a la que ahora se debe
fundamentalmente la labor de rescate que representa el ciclo
que se inicia hoy, fundó a finales de los sesenta una
editorial, Taller de Ediciones JB, donde dio a la estampa
(también fue impresor, y usaba para ello el seudónimo de Mateo Alemán)
poesía, narrativa y ensayo, pero sobre todo regaló su tiempo subrayando la
poesía ajena. La suya, casi siempre, la guardó en un cajón
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