Anoche vi a Manuel y su sonrisa mataperra invitando a la
trasgresión, por menuda que fuera. Me dio la espalda y echó a andar
sin invitarme a seguirlo. Iba hacia la noche que se transformó, así
son los sueños, primero en el bosque suyo de árboles luminosos;
después en un atrio de espumas de mar donde se respiran maresías y
vuelan las gaviotas incendiadas; luego en la inmensa catedral de luz
atlántica que nos ha ido construyendo verso a verso, tantos años.
Allí desapareció mimetizado, hecho luz. Ya no volverá a darle
manotazos al interruptor de detrás de la puerta de Punta Brava con
que ponía en marcha las mañanas de la playa de Las Canteras antes de
salir a pasearla, a clasificar por zonas al andar los sonidos de la
bestia marina, las distintas texturas de la arena y la figuración de
las nubes, variable según las estaciones. “Una nube es una nube,
Manuel”: “¡Tú fíjate y verás que no!”.
Manuel
se fue. Andando. Nadie presagiaba nada, aunque no le faltaran a él
las premoniciones de quien transita las extrañas regiones de la
inspiración poética, sopesa palabras para que pesen y vive la
sugestión inexplicable del lenguaje, bien capaz de soportar imágenes
que no se ven para que podamos sentirlas y palparlas. Intuía Manuel
el otro lado de las cosas. Quizá lo visitara alguna vez por la misma
novelería y allá se fue dejándonos en el vacío a los demás islos que
todavía seguimos de este lado. “Celebremos que hemos vivido con él”,
se conformó Arturo Maccanti, resistido a aceptar que Manuel acababa
de cruzar apaciblemente el umbral obligado.
Como me
resistí yo, afortunado por haber sido amigo suyo y conversar y
discutir con él hasta las tantas y las cuantas en todos los
registros de la vehemencia. Discutimos en la Avenida de los Toreros,
en Tafira, en Cairasco, en Punta Brava, en La Laguna, durante un
congreso en Burgos y en Jerusalén, adonde llevó, gracias a la
eficiencia silenciosa y determinante de Josefina, una asombrosa,
irrepetible, muestra de arte plástico canario. Compartimos
proyectos, ideas, textos y partidas de billar americano o al
mentiroso. O las audiciones de Nocturna free, en el viejo
Cuas Quías de Venegas, a las que iba yo, qué quieren, por
solidaridad con las baterías aporreadas, pobrecitas. Y le seguí en
su último gran empeño colectivo: la Academia Canaria de la Lengua
que hoy le llora y se lamenta de cuanto le quedaba aún por vivir y
no podrá ser.
Odio
hacer este tipo de notas. No me salen. Suenan a demasiado
convencionales. Nunca pensé que tendría que hacer la de Manuel;
menos que sería tan doloroso. No estaba preparado. Recibí la noticia
y mantuve la esperanza de que fuera rumor volado. No me atreví a
escribir porque podía ser broma pesada, que gente hay para todo. No
pude hacerlo tampoco cuando me confirmaron que sí, que ya no estaba.
Aguardé a recuperarme del golpe y superar el desconcierto, a
asimilar la evidencia. Por fin me senté ante el teclado y sobrevino
la congoja. En la estantería, las dedicatorias de sus libros son
momentos compartidos que hacen improbable la muerte cierta. Late su
presencia vital, avasalladora, con el ariete por delante de una
cabezonería que era, más bien, constancia en los empujones. Que no
decaiga. Me queda eso y su insistencia en que trabajara, aunque la
sociedad isleña te quite las ganas y te castigue, si persistes: -Yo
subo la persiana de vez en cuando y me quedo dentro -decía. Me
queda, asimismo, la generosidad con que editó mi primer libro,
Canarias hoy (¡hace 25 años ya de aquel optimismo infundado!) y
el regalo de su invención de Anarda, hoy desnaturalizada por
la mediocridad estándar.
Dos
preguntas me hice siempre sobre Manuel. Una la contestó él mismo al
asegurar que su obra no hubiera sido posible sin Josefina. Sigue
pendiente la otra, la de qué fue primero, si su enormidad de poeta o
la de ser humano.
Celebro
mucho haberte conocido, Manuel.
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FUENTE:

Viernes
24 de mayo de 2002