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Fortalezas
históricas de La Palma
Entre las diversas fortificaciones que defendieron el litoral
de La Palma, podemos enumerar las siguientes: en la capital, el
castillo de Santa Catalina (principal); el castillo de la Santa
Cruz del Barrio, en la plaza de San Fernando; el fuerte de los
Guinchos o San Carlos, en la Punta de los Guinchos; la torre de
San Miguel del Puerto, en el muelle; el reducto de Juan Grage
y el castillo de San Miguel en Tazacorte. La torre de San Miguel
de la capital fue una de las primeras fortalezas, la primera según
Juan Bautista Lorenzo Rodríguez, cronista y alcalde, y
una de las más remotas construcciones militares de Canarias.
Ya estaba levantada el 13 de junio de 1515. Actualmente todas
prácticamente desaparecidas, excepto la que nos ocupa,
la fortaleza de Santa Catalina de Alejandría.
El Emperador Carlos I de España había autorizado
al Cabildo de la Isla, mediante Real Cédula del 15 de marzo
de 1528, a que iniciara las gestiones entre los vecinos para la
repartición de las cantidades necesarias para los gastos
de fortificación. Para buscar los orígenes de la
idea, hay que remontarse a la reunión convocada por el
gobernador Juan López de Cepeda, el Magnífico, en
la iglesia de El Salvador. Para este hábil caballero, la
mayor preocupación se centraba en aquellos instantes en
la infraestructura defensiva. Eran tiempos de escasez de artillería,
munición y armas, fruto de una incomprensible política
de desidia que mostraba la Corona ante las constantes solicitudes
y pedidos. Finalmente se presupuesta la obra en 6.200 ducados
a pagar por los ciudadanos.
El 26 de mayo de 1554, se iniciaría la fabricación
del “Castillete”, como es conocido por los palmeros.
También nos informan de ello Castellano, Macías
y Suárez (Premio de Investigación Histórica
«Juan B. Lorenzo», dado en Santa Cruz de La Palma
en 1990), de cómo el Cabildo había acordado su construcción
así como la derrama de 6.000 ducados entre los vecinos.
Santa Cruz de La Palma se sitúa en la cara este de la Isla
y, aunque es un punto estratégico para el comercio, necesitaba
una infraestructura arquitectónica que la amparara y defendiera
de los ataques por mar. La ciudad fue saqueada en multitud de
ocasiones y se produjeron grandes incendios que arrasaron importantes
y bellos edificios y templos: el Cabildo y su archivo, el Hospital,
entre otros. Este fue el motivo por lo que se llevaron a cabo
varias fortificaciones, como la de Santa Catalina. Su construcción,
como veremos, se ejecutó en varias etapas. El castillo
fue diana de muchos contratiempos y en 1665 corre el barranco
de Las Nieves y se lleva la fortificación, por lo que cambia
su ubicación por la actual. Pero la acción del mar
lo deja inservible y se pone en venta; actualmente es de varios
propietarios privados. En él estuvo preso Anselmo Pérez
de Brito, abogado que llevo el pleito de los regidores perpetuos.
Su planta es cuadrada y en su portada presenta un arco rebajado
en el que figuran las armas reales. Por decreto, fue declarado
Monumento Histórico Artístico el 22 de junio de
1951. La protección del magnífico monumento viene
amparada por la declaración genérica del Decreto
de 22 de abril de 1949 y la Ley 19/1985 sobre el Patrimonio Histórico
Español.
Existían otras baterías en la isla, como la de San
Jacques (1559), en el barranco de Maldonado; la de San Antonio,
inmediata al Astillero; Nuestra Señorara del Carmen (1573),
en el mismo barranco; San Pedro o Los Clérigos, en la calle
de la Marina, cerca del barranco de Los Dolores; en Puerto Naos,
donde dicen La Altura; Santa María de Saboya o La Alameda
(1559), en la calle de La Marina, cerca de la torre de San Miguel;
la batería de San Felipe, también llamada de Méndez
(1657); el polvorín de la cuesta de Calcinas (1681); y
el Reducto de Bajamar o Paso de Barreto, portada sobre el risco
inmediato al camino que conduce a los pueblos del Sur. Como auxiliares
de la defensa se usaron las atalayas del Risco de la Concepción
y la montaña de Tenagua, en ambos extremos de la ciudad.
El cónsul británico Francis Coleman Mac-Gregor,
amigo de grandes científicos y viajeros- como Berthelot,
con quienes compartió recorridos y experiencias en las
Canarias del primer tercio del s. XIX-, escribió algunas
de las frases más precisas e interesantes que se han escrito
sobre la capital palmera. Entre otras cosas, mencionó las
baterías que como defensa complementaria a los castillos
de Santa Catalina y San Miguel o del Puerto, ofrecían “a
la sazón un estado ruinoso”.
Para cubrir la defensa del extenso literal palmero, se comienza
en mayo de 1554 la fortaleza en el norte de la ciudad, en el barrio
de Santa Catalina de donde recibe su nombre. Desde ese mismo año
de su construcción se entiende como la “fuerça
prinçipal” y el sitio donde está ubicada se
considera de importantísimo valor estratégico. Desde
allí se defiende el mar –impidiendo a los barcos
que llegaran hasta el puerto y a los botes que desembarcasen-,
como la tierra –la elección del lugar tiene mucho
que ver con la entrada de los piratas franceses el año
anterior-. Esta nueva fortaleza cumple un papel clave como defensa
del norte de Santa Cruz y “parachoques de pretendidos ataques
al puerto”.
Un informe enviado al Rey en mayo de 1583, cuantifica la fuerza
defensiva de La Palma en los siguientes efectivos: “1300
personas para la guerra; 345 arcabuces; 650 picas, lanzas y dardos;
61 ballestas; 27 alabardas de malla; 207 rodelas; 1023 espadas
y 14 caballos”.
ATAQUES PIRÁTICOS
En julio de 1553, el pirata francés Françoise Le
Clerc, apodado Pie de Palo, saqueó e incendió
la preciosa ciudad palmera. Un año después, comenzaba
la construcción del castillo real de Santa Catalina, cercano
al punto donde se había producido el desembarco de los
hugonotes galos. Las obras defensivas continuaron hasta crear
un verdadero cinturón de reductos, murallas y baterías,
nombradas anteriormente, a fin de proteger a la ciudad de los
peligros provenientes del mar.
El Príncipe, futuro Rey Felipe II, mediante Real Cédula,
expedida en Valladolid el 8 de abril de 1554 - conservada en el
libro de Reales Cédulas de aquel municipio-, concedió
la licencia y la facultad para repartir entre los vecinos nuevamente
unos 3.000 ducados. La Real disposición expresaba que “la
ciudad había quedado desmantelada después del saqueo
y quema por los piratas franceses”. Nos informa también
Darias Padrón de que el jefe militar de aquellos momentos
era Juan de Monteverde y “queyere hazer a su costa una de
las dhas fuerzas, ques una del puerto desa ysla ques en la Caldereta”.
Las fortalezas repelieron eficazmente al célebre corsario
inglés Francis Drake cuando sus barcos sitiaron a la capital
en 1585. Afortunadamente, la artillería de los castillos
hundió la nave capitana de la armada inglesa, el Bonaventure.
Se considera como el tercer ataque sufrido por la isla. Así,
hacia las tres de la tarde, desapareció la flota enemiga
en dirección sur de la vista de la ciudad, “fuyendo
por el mucho daño que se les hizo”. De este modo,
escribe el profesor Rumeu de Armas, “finalizó el
primer ataque inglés a las Canarias, en el que Santa Cruz
de La Palma tuvo el alto honor de derrotar al más grande
de los piratas ingleses, destrozándole su navío
almirante y causándole daños y bajas en las embarcaciones
y tripulantes”.
En septiembre de aquel año, las noticias del regreso de
Drake de sus razias en las Indias de Su Majestad preocupan nuevamente
al Cabildo que teme un nuevo ataque. El alguacil y alcaide Sebastián
Vallejo y el condestable de la artillería, Matías
Cardoso, solicitan urgentemente el envío de pólvora
de Gran Canaria y de Tenerife. Se reparte media libra a los arcabuceros
de la existente en la fortaleza de Santa Catalina. Se cuenta con
500 esclavos negros y mulatos que hay en la Isla. También
se ordena la reconstrucción de la deteriorada casa de la
pólvora de dicho castillo aprovechando madera de la máquina
del muelle.
ARQUITECTURA ORIGINAL
Esta primitiva fortaleza presentaba una planta casi elíptica
“en cuyo centro se alzaba un cubelo cubierto con tejado
de pizarra. Sus muros exteriores eran de sillería con recios
contrafuertes y se hallaba en su totalidad terraplenada y cubierta
de losetas para formar la plaza de armas”. Fernando Gabriel
Martín señala que la fortaleza “consistía
en un torreón o cubelo que, en el mes de agosto, ya llega
hasta las troneras. La rapidez de los trabajos prevé su
terminación en menos de un mes, gracias a la cantidad de
operarios que intervienen”.
En el Cabildo celebrado el 2 de marzo de 1554 se había
acordado darle al terraplén un largo de 200 pies a su alrededor
en forma de media luna, y que desde el cubelo hacia el mar se
elevase 35 pies como se tenía acordado, cuya obra se terminó,
como dice la profesora Carmen Fraga, en 1560, siendo teniente
gobernador de la Isla el licenciado
Antonio de Troya Sañudo.
Los investigadores canarios Castellano, Macías y Suárez
en su obra sobre las fortificaciones palmeras, también
nos informan de que había una escalera exterior separada
del castillo mediante un puente levadizo, por la que se permitía
el acceso al fuerte. “Ésta tenía un pretil
hacia la parte del mar y una alta muralla almenada hacia el frente
de tierra”. Asímismo, Rumeu de Armas nos describía
este antiguo castillo, “el cubelo central, todo él
de sillería, con troneras, tenía dos pisos, y servía
de alojamiento al alcalde y a los soldados de la guarnición”.
La plataforma con la torre circular fue abatida más tarde
por el mar.
Estaba construida la fortaleza en gran parte de cantería
labrada, con elegante puerta de entrada del mismo material sobre
la que colocó el escudo de España tallado en piedra
de color gris.
Juan de Monteverde, capitán general “que fue desta
Ysla y su Castellano de ella, y Alcaide de las demas fortalezas”
gastó en el castillo de Santa Catalina 18.000 doblas con
acuerdo del Cabildo, como resultado del celebrado el 20 de octubre
de 1561. Sin embargo, Lorenzo Rodríguez, cronista y alcalde,
en sus Noticias sobre la Historia de La Palma, aclara
que, “pasó el tiempo y habiendo empobrecido y enfermado,
no llegó á entregar la suma ofrecida á pesar
de habersele ejecutado”.
Buena prueba de la importancia que se le daba a esta estructura
defensiva, fue el acto de su bendición tras su finalización.
Una multitudinaria procesión salió de la parroquia
Matriz de El Salvador el 4 de octubre de 1560, asistiendo todas
las comunidades religiosas de la capital. Esta solemne ceremonia
aunó lo militar y lo religioso en la exaltación
de una defensa bendecida. En aquellos momentos de gran preocupación
por la seguridad, se cerraban con llave las dos portadas que daban
acceso a Santa Cruz al toque de queda, aislando así a la
capital palmera de entradas y salidas nocturnas. Según
el Acta del Cabildo de 18 de agosto de 1559, se acuerda tañer
la campana de queda entre las nueve y diez de la noche en invierno
y una hora más tarde durante el verano.
AVENIDAS
Debido a un gran aluvión del barranco de Las Nieves en
1665, el castillo fue declarado en estado ruinoso. Al año
siguiente, el conde de Puertollano, comandante general de Canarias,
acompañado del ingeniero militar Lope de Mendoza, visitó
el fuerte. Dejó instrucciones para la urgente restauración.
El 5 de junio de 1666, el teniente de corregidor, licenciado Francisco
García, propuso la misma ante el Cabildo. Esta corporación
pasaba momentos de grave precariedad, por lo que no contaba con
los medios económicos necesarios para acometer las obras.
Los vecinos apoyaron al Cabildo con una derrama. El coste total
ascendió a 16.107 reales y medio. Como apunta el profesor
Rumeu, debido a un nuevo temporal de mar y viento, el 14 de enero
de 1671, tuvieron que efectuarse nuevas obras. La ruina del castillo
era un asunto que preocupaba a la vecindad y a su Cabildo. En
la reunión de esta corporación del 9 de julio de
1674, se decía “que se había derrumbado un
trozo de plataforma y derribado dos piezas de artillería...
y debía retirarse su emplazamiento más adentro...”
RECONSTRUCCIÓN
El Cabildo no contaba con los medios suficientes para acometer
una obra de tal calibre, por lo que pidió ayuda al pueblo.
Constituida la comisión nombrada para gestionar la suscripción
popular -en la que se encontraba el rector de la parroquia de
El Salvador, Gabriel Van de Walle-, ésta dio cuenta al
capitán general Juan de Balboa Mogrobejo para que informara
al Rey.
La violencia del mar seguía poniendo en peligro la consistencia
de la fortaleza y las constantes embestidas de las olas arrastraban
materiales y destruían las obras que allí se acometían,
“y se suele llebar el palo de la bandera y garita de donde
se bejía el mar…”. Por lo tanto, el gobernador
de las Armas y el Ayuntamiento finalmente decidieron que se hacía
necesaria su reconstrucción en un lugar más alejado
de la línea de costa.
En las instrucciones que el Cabildo dio al licenciado Blas Simón
de Silva, regidor, consultor del Santo Oficio de la Inquisición
y su procurador general, acerca de lo que tenía que reclamar
en la Corte en Madrid en 1649, extraemos lo siguiente: “Y
es de considerar y advertir que las fuerzas que tiene esta isla
se hicieron á costa de sus vecinos y las han sustentado
y sustentan de artilleros, pólvora, balas y municiones
y de otros pertrechos y reparos sin que S.M. haya lastado ni laste
cosa alguna de su Real Hacienda, y estan siempre prevenidos de
armas y municiones para ellas, y velando ordinariamente de dia
y de noche y atrincherandose como quien está en frontera
para defenderse, como hasta aquí lo han hecho y haran procediendo
siempre en S.M. como basallos de los mas fieles y leales de sus
reinos. Empero, hallándose hoy con suma miseria y cortedad
que ya no pueden sustentar y procuran salir á otras partes
á vuscar la vida…”
En 1676 visitó la Isla el capitán de la Guerra y
corregidor, Juan de Laredo y Pereda, ante el cual se hizo oficialmente
la petición de la nueva ubicación del fuerte. Todavía
en 1681 seguía en ruinas “y en estado de no poderse
disparar una pieza en él”, y la torre deshecha, la
muralla del mar desmoronada y la plataforma sin losas ni terraplén.
Un desastre. Por ello se solicitó la urgente mediación
de la Corona.
El ingeniero militar Miguel Tiburcio Rossell de Lugo y el sargento
mayor Juan Franco de Medina levantaron los planos para la anhelada
construcción. Se recogió del vecindario la cantidad
de 30.000 reales de plata. Como no cubría los gastos, se
acudió a tomar “remanentes de trigo de los pósitos
de las Islas”.
A propuesta de Nicolás de Sotomayor Topete, se acordó
también suplicar a Su Majestad se sirviese conceder al
Cabildo una serie de arbitrios, recogidos en el Acta de 25 de
abril de 1681, como “el de la imposición de vino
que se vende acuartillado… el arbitrio del 1 por 100 de
las mercaderias que entran… dar a tributo los pedazos de
tierra del Mocanal… se den de su Real Hacienda para ayuda
de costa de 14.000 ducados por no ser bastante para la reedificación
de dichos Castillos en el breve tiempo que pide la necesidad de
la defenza de esta isla…”
En enero de 1682, finalmente el gobernador y “Capitán
General de mar y tierra de estas islas de Canaria, Caballero de
la Orden de Alcántara, Patrono del Colegio mayor de San
Ildefonso, Universidad de Alcalá, General de la artillería,
del Consejo de Guerra de S. M., etc…” Felix Nieto
de Silva, confirma “que el Castillo pral. de Sta. Catalina
de la isla de La Palma está de todo punto arruinado por
las continuas invasiones de mar y conviene a servicio de S.M.
y defensa de dicha isla el dar principio con toda brevedad á
la nueva fábrica y reedificación de dicho castillo…”
NUEVA FORTALEZA
Aquel caballero envió al sargento mayor Juan Franco de
Medina “á delinear el Castillo para que se resuelva
y determine el mejor sitio en que se dé principio á
esta fabrica”. El acta es de fecha 12 de abril de 1683.
Como curiosidad, también se informa de cómo “a
los artilleros se les bajó la mitad del sueldo hasta que
se concluyera la fábrica del Castillo”.
El nuevo baluarte que se diseñó fue una fortaleza
similar al de San Cristóbal de Santa Cruz de Tenerife,
aunque algo más pequeña. Su planta era cuadrada
y sus cuatro baluartes triangulares con los ángulos en
punta “de diamante”. En tecnicismos de Carmen Fraga,
“su perfil lo caracterizan los piramidiones o puntas de
diamantes que lo rematan”. Estamos ante un tipo de fortaleza
que incorpora las propuestas renacentistas de la ciencia militar
italiana del siglo XVI, de amplia repercusión en Canarias
y América. En la mitad opuesta al mar se construyó
una serie de dependencias como cárcel, barracones, casa
para el castellano y la guarnición, almacenes y depósitos.
Cuenta también con un puente de madera sobre el foso en
el muro occidental. El amplio terraplén se situó
justo en la parte opuesta cercana al mar. Las obras mayores finalizaron
en 1692, aunque se siguió trabajando hasta 1701.
La preocupación del Cabildo desde que se supo la declaración
de guerra con Gran Bretaña se hizo patente. En 1741 llegó
el ingeniero Manuel Hernández para iniciar la reparación
de los desperfectos que ya eran considerables, así como
para la construcción de un subterráneo para la pólvora,
“intentando respetar los planos elaborados por Leonardo
Torriani en 1585”. Este ingeniero fue el primero en llegar
a La Palma en 1584, enviado por el monarca Felipe II para fabricar
el puerto y para que confeccionara un plano “que ay en el
no subjeto a padrastro un torreon desde donde con poca artilleria
se defendiese un solo desenbarcadero de que se teme la dicha ysla”.
Así se desprende del despacho del Rey a Torriani de 18
de marzo de 1584.
El ingeniero había abandonado La Palma en el verano de
1586. Al año siguiente regresará enviado por el
soberano con una misión más amplia e insólita
en la historia de Canarias hasta entonces: “nada menos que
la visita y estudio de todas ellas y la realización de
un proyecto de fortificación global que tanto necesitaba”.
Este viaje se inició en la capital palmera a finales de
agosto de 1587. Para este célebre personaje, el castillo
de Santa Catalina le parecía suficientemente dotado y práctico,
y su preocupación principal es el atrincheramiento de la
ciudad en los sitios oportunos y frente a las calles que salen
al mar.
Debido a los deterioros ocasionados por las avenidas del barranco,
en 1742 el baluarte norte no estaba finalizado, así como
el del oeste, y los del sur y este “no podían hacer
fuego por su pequeñez”. Desde mucho antes, así
consta en el acta de 30 de agosto de 1726, la obra no “estaba
bastantemente perfeccionada”. Se informa de que se necesitó
2.000 quintales de piedra de cal, “madera para traviar y
soallar con tablones gruesos; y que el tejado que está
sobre el alojamiento del Castellano y el de los soldados se quite
y se haga de azotea”. Así podrá pasar la infantería
libremente por encima para el resguardo y defensa.
Nuevas avenidas llenaron de consternación al vecindario.
Otro ejemplo fue la que acaeció el 9 de octubre de 1783,
“entre once y una del día”. En palabras del
alcalde y cronista Juan Bautista Lorenzo Rodríguez: “corrió
el barranco de Santa Catalina con tanta abundancia de agua y tan
fuertes estragos, que serán memorables por muchos años”.
Arrastró siete casas y arruinó numerosas edificaciones
de sus inmediaciones. “Llevóse la Cruz del Tercero
y la de las Damas con sus respectivas plazas; perecieron dos hombres
y una niña, y muchos se libraron de milagro”. Se
trataba de la misma cruz que el Adelantado Fernández de
Lugo había colocado en aquel lugar el 3 de mayo de 1493,
terminándose la Conquista de La Palma. Tras la riada, se
colocó una nueva que es la que actualmente se encuentra
en la Alameda.
En el documento firmado por el ingeniero Fausto Cavallero en 1788,
se dice que el castillo se halla a 1552 mts del fuerte de San
Miguel, y que “es un cuadrado abaluartada de 52 mts de alto
con explanada de losa corrida por las caras, flancos y cortinas
de los tres frentes que miran al mar y a la playa; el otro frente
mira a la población y tiene adosados los edificios necesarios
para alojamiento de la guarnición, cuerpo de guardia, almacenes
y repuesto de pólvora. Es susceptible de contener 12 piezas
bien servidas y se encuentra artillado con 2 cañones de
15 cm, 2 de 12 cm y 3 de 10 cm. Sus fábricas se encuentran
también en mal estado, siendo necesario proceder a un estudio
para su reparación. No hay nada consignado en presupuesto
con este objeto ni es posible repararlo con cargo a entretenimiento
corriente.”
Volviendo a las reformas, éstas continuaron hasta 1789,
año en que aun continuaban los problemas económicos.
Así se desprende de un informe elaborado por un diputado
del Cabildo, en el que, el 20 de agosto de 1790, escribía“…
que por lo respectivo a los pequeños reparos que propone
dho. Sr. D. Luis al citado Castillo cuyo cálculo gradua
en 1200 rs…”
En el inventario de las partes del castillo realizado el 24 de
noviembre de 1843, ejecutado por el cuerpo de Ingenieros de La
Palma, se verifica que la puerta y entrada principal, la cual
“se verifica por un puente que atraviesa el foso fijo de
7 varas de largo y 2 _ de ancho, con sus pasamanos y balaustres,
que todo se halla en buen estado. Dá á la puerta
principal de dos hojas de madera de tea en mediano estado con
cerradura, llave, llamador de bronce con tirador por dentro y
macho y hembra y dos ganchos con sus huecos de madera embutidos
en la mampostería para asegurar las hojas las cuales tienen
cada una, dos abrazaderas de hierro empezadas á corroer,
y gira sobre quicialeras de bronce”.
Allí consta cómo la mencionada puerta da entrada
al campanario, emplazamiento que con la explanada es de figura
cuadrada de “35 varas de frente y 35 de fondo en los ángulos
salientes á su derecha é izquierda y dos cañoneras
en cada una y lo demás á barbeta”. Entre esas
dos explanadas hay tres cañoneras y en la parte norte otras
tres. Continúa el inventario detallando cómo era
el almacén de pólvora (“de 7 vs. de largo
y 4 de ancho”, situada al final de un pasadizo de metro
y medio de ancho y 4 de largo con el piso de tierra), el cuerpo
de guardia (de unas diez varas de largo y cinco de ancho, con
buen postigo y que a su izquierda da al pasadizo de entrada),
y así una larga relación de elementos. En buen estado
también se hallaban la garita, el pozo, la hermosa sillería,
la mampostería, si bien se recomienda la pronta reparación
de “enrrajonado y encallado á cabeza descubierta
interior y exteriormente”. En cuanto a los fosos, “exceptuando
8 varas de mampostería que forman la base o estribo del
puente, el resto es de piedra viva y está destrozado en
la mayor parte, estando todo lleno de piedras y escombros”.
Firma el estudio el maestro eventual de Obras de Fortificación,
José María Pérez.
Existe un oficio que se custodia en el archivo del marqués
de Guisla, fechado el 1 de agosto de 1805, en el que se prueba
que el foso del fuerte fue hecho en ese año para evitar
los incendios por el lado de la calle del Castillo: “para
quitar hornos inmediatos ó algun insendio en ello y en
esta casita que está tan inmediata al almasen de la polvora”.
El 3 de mayo de 1850 -festividad de la Santa Cruz, patrona de
la ciudad, junto con Santa Águeda-, ya aparecía
construida una pequeña rampa en el baluarte derecho, junto
al cuerpo de guardia. También dos garitas nuevas de piedra
tosca labrada y mampostería.
ARTILLERÍA
La situación de inseguridad que sufren los ciudadanos palmeros
a través de los siglos se había agravado por el
aislamiento geográfico, las dificultades para la fortificación
de la Isla, la constante ausencia de dinero, la débil gestión
militar y política, etc. Teniendo en cuenta el vasto territorio
que amparaba el Imperio Español, La Palma era un ínfimo
trozo de tierra olvidado en el mar. Por esto, el Cabildo luchaba
sin tregua para dar a conocer esta precaria situación insular
ante la Corte y obtener de ella las ayudas necesarias para la
seguridad ante los ataques. Existía una verdadera obsesión
por su defensa.
Así, a mediados del siglo XVI, el fuerte contaba con dos
culebrinas – piezas de artillería de bronce propias
de ese siglo, de cañón largo y poco calibre -, que
habían sido compradas por el Cabildo a Bazán en
1555. También con un cañón de la fundición
de Juan Manrique de Lara. Había otro francés que
fue capturado en la batalla de San Quintín. También
un inglés, un pedrero y un falconete (especie de culebrina),
un mortero… En total once piezas de artillería, incluido
otro falconete regalado por Su Majestad al Castillo. En el inventario
de soldados, armas y artillería confeccionado por el ingeniero
real Torriani, a la vista de la escasez de artilleros, propone
que todos los oficiales mecánicos lo sean durante algún
tiempo, y alentando el voluntarismo, “lo hagan de buena
gana para servicio de Vuestra Magestad y de su patria”.
También el Rey Felipe II regaló en 1591 una culebrina
de la fundición de Juan Morel. En el mencionado y premiado
trabajo sobre las fortificaciones palmeras, sus autores también
informan acerca del catálogo de piezas existentes en la
última década del siglo XVI: “una culebrina
bastarda, dos medias culebrinas, un medio sacre, dos cañones
encampanados, un falcón inglés, otro alemán,
un cañón francés, un pedrero y tres piezas
de campaña”. Así consta en el inventario ordenado
por el capitán general Luis de la Cueva, nombrado en 1589,
con el que cambia el sistema político de Canarias.
El monarca ordenó un inventario de la artillería
propiedad de la fortaleza, “que ha fabricado esta ciudad
con ayuda de sus vecinos”, instando a sus cuidadores y al
Cabildo a que velaran por su conservación, reparo y aumento.
La Real Cédula había sido firmada el 31 de agosto
de 1588. Rumeu de Armas recoge en su obra cómo había
descendido la potencia artillera de la fortaleza de Santa Catalina.
En 1599, por ejemplo, un nuevo inventario acusa el tremendo deterioro
defensivo que sufre la ciudad capital. En el castillo que nos
ocupa, ya sólo aparecen ocho piezas y tres en la torre
del puerto y del Cabo.
Otro Rey, Felipe III, en 1602, da licencia al Cabildo para imponer
sisa sobre el vino durante ocho años con destino a las
fortalezas y artillerías y pago de artilleros, privilegio
éste que se mantiene durante bastantes años.
En las Noticias… de Juan Bautista Lorenzo, extraemos
el siguiente párrafo, por lo curioso de su contenido: “(..)
y porque la artilleria que tienen es totalmente inútil
que mas servirá para matar la gente que le defiende que
para hacer daño a sus enemigos; como se reconocio el dia
de Córpus al primer tiro reventarse el mejor cañón
de los que tenía (…)”.
Casi un siglo y medio más tarde, en 1742 el fuerte contaba
ya con catorce cañones, si bien en el inventario constaba
que seis estaban inútiles y otros averiados. Tan sólo
cuatro estaban en buen estado. En tal lamentable estado se hallaba
el castillo, que se solicitó al Rey Felipe IV, para que
se reactivase y revalidase la Real Cédula de 1651 para
la imposición de un arbitrio sobre la entrada y salida
de mercancías con objeto de comprar nuevas piezas. Este
impuesto, autorizado finalmente por el rey, tendría una
validez de veinte años a partir de esos momentos.
Tampoco la actual fortaleza se librará de las riadas, avenidas
y acciones marinas que irían minando la estructura del
baluarte. El 12 de enero de 1792, el albañil Josef Manuel
Cicilia, informa de su estado: “(…) habiendo pasado
al Castillo de Sta Catalina, el Real de esta Ysla, reconosí
que la pared que sostiene la explanada de dho Castillo(…)
se halla desplomada y arruinada desde sus simientos(…)”.
En un expediente de 1874 custodiado en la Capitanía General
de Canarias -y recogido en la obra Historia de las fortificaciones…,
-se mencionaba este progresivo deterioro: “(…) el
mar ha horado el trozo de muralla o sea plataforma que sirve de
resguardo (…) y por dias cada vez que crece la marea va
arrastrando la piedra (…) dentro de muy poco tiempo llegará
a los simientos del castillo(…)”.
Hasta 1808 tuvo este castillo una guardia permanente de doce soldados,
los célebres “Doce de Su Majestad”, que eran
enterrados en la capilla de San Francisco Solano del convento
franciscano. Sin embargo, el deplorable estado en el que se encontraba
el castillo hizo que se propusiera en varias ocasiones su enajenación.
Se recibió la Real Orden de 2 de mayo de 1924 declarándolo
inadecuado para los servicios de la guerra y se dispuso su venta.
La subasta se efectuó en Santa Cruz de Tenerife dos semanas
más tarde, siendo “adquirido por Manuel Rodríguez
Acosta, quien pagó por el mismo la suma de 300.010,99 pesetas”.
Así consta en el Archivo de la Capitanía General
de Canarias (3ª división, 3ª sección, legajo núm.
1).
LOS CASTELLANOS
Entre muchos otros, han desempeñado el cargo de castellano
los siguientes caballeros:
Los primeros, Juan de Monteverde (de 1555 hasta 1566) y el regidor
Miguel Lomelin (a partir de 1567 durante varios años);
Juan Fernández Sodre (desde 1606 hasta 1614; aquí
fue nombrado Francisco de Valcárcel por estar aquél
“viejo y enfermo”); el capitán Nicolás
Van-de-Walle de Aguiar (1646); el capitán Diego de Guisla
Van de Walle (1652); Luis Van de Walle de Cervellón (1736);
Dionisio O´Daly (1775); éste renunció al poco
y fue nombrado Domingo Van de Walle Cervellón; en 1777
tomó posesión Francisco de Lugo y Viñas,
último elegido por el Cabildo de La Palma.
En las celebraciones para conmemorar la proclamación de
Felipe V como Rey de España, como en las de otros monarcas,
el Cabildo vestido de gala llegaba al castillo “onde llamaron
y salió el castellano con su espada desnuda y rodela sobre
una muralla, y preguntó el Alférez mayor por quién
tenía aquel Castillo y respondió el Castellano que
por Don Carlos II su Sr. Y volviole a decir el Alférez
mayor que de allí adelante lo tuviera por Don Felipe V
nuestro Rey y Señor y con un viva repetido se disparó
toda la artillería y pasaron hacia las monjas claras”.
ASESINATO
Muchos ríos de tinta han corrido acerca de los acontecimientos
vividos en las medianías y en el interior del castillo.
Como muestra, he recogido uno de tantos ejemplos, éste,
perpetuado por el alcalde Lorenzo Rodríguez, copiado del
diario de noticias que llevaba Diego González Hurtado:
“El día 26 de noviembre de 1700, a las ocho de la
noche, mató Domingo el Carnicero con un cuchillo a Lucas
Marques, herrero, soldado del Castillo principal de esta ciudad;
y como iba borracho lo cogió la Justicia y prendió
y se está fulminando la causa. Matólo en aquel llano
onde es hoy ermita de Santa Catalina, al principio de aquel callejón
que va al Castillo, y murió al otro día. Fue el
primero que se enterró en la capilla que hicieron los soldados
en San Francisco junto al onte Alverno. El mulato huyó
sin castigo”.
LOS DOCE DE SU MAJESTAD
Para custodiar la cárcel de esta ciudad así como
las fortalezas de la misma, había 12 soldados movilizados
que se les designaba con el nombre de “soldados de los 12
de S. M.” Estos, que residían en el castillo de Santa
Catalina, fabricaron en el claustro del “Real Convento y
Grande de la Inmaculada Concepción” , una capillita
y sepulcro para ser enterrados, y para su régimen y gobierno,
hicieron unas constituciones de la forma en que habían
de celebrarse los entierros y la contribución o cuota que
cada uno de ellos había de pagar. Estas constituciones
fueron elevadas a documento público ante el escribano Andrés
de Huerta, el 18 de noviembre de 1697. No sólo fueron enterrados
en dicha capilla los soldados fundadores, sino los que les sucedieron.
Una causa célebre que tuvo que ver con uno de estos soldados
del castillo fue ésta: en la madrugada del 6 de septiembre
de 1794, se encontró el cadáver de Rita Hernández,
soltera de 23 años, en el barranco de Maldonado. Las heridas
que presentaba el cuerpo eran producidas por un objeto cortante,
similar a las que producen las bayonetas, no por haberse despeñado.
Por este motivo se trasladaron al castillo algunos miembros de
la Justicia ordinaria para hacer el oportuno reconocimiento a
las armas. Allí se descubrió cómo el novio
de la difunta, Joaquín de Paz, poseía una bayoneta
untada en sangre. El soldado confesó su culpabilidad, fruto
de “una pasión de celos”. Desde el primer instante,
arrepentido, rogó que fuera ejecutado inmediatamente para
pagar con su vida aquel asesinato. Sin embargo la causa contra
él duró más de tres años. Finalmente
el Rey Carlos IV firma la condena a muerte en Aranjuez el 4 de
marzo de 1799. En el Castillo Real, donde se hallaba el preso,
se hizo una capilla y el 15 de mayo de 1799 entró en ella
el reo, acompañado por los Hermanos de la Misericordia
y auxiliado por todas las comunidades religiosas y el clero. Con
toda ostentación, se inició la procesión
con el viático desde El Salvador hasta el castillo, y el
día siguiente, en la cercana plaza de San Fernando, fue
“arcabuceado” (fusilado).
LA IMAGEN Y LA ERMITA DE SANTA CATALINA
DE ALEJANDRÍA
Desde principios del siglo XVI existía en esta ciudad una
ermita bajo la advocación de esta santa mártir egipcia
de Alejandría, edificada cercana al barranco y al castillo
principal, a los que diera nombre. Este castillo, declarado Monumento
Histórico Nacional, es el único ejemplar de fortaleza
militar de la época de los Austrias que existe en Canarias.
La construcción de la ermita fue antes de la visita que
el obispo Diego Deza hizo en julio de 1558.
La magnífica escultura flamenca de la “Gloriosa Santa
Catalina de Alejandría”, de 105 cms de alto, fue
rescatada por los vecinos de la avenida de diciembre de 1689.
Actualmente es venerada en la bella ermita de San Sebastián
de la capital palmera, cerrada al culto, excepto en enero, durante
las fiestas del santo mártir. La efigie de la Santa parece
ser obra anónima del mismo taller antuerpiense del que
salió la imagen de Nuestra Señora de La Encarnación.
Está entronizada en su retablo barroco original, que también
pudo salvarse. Como nos informa el profesor palmero Jesús
Pérez Morera, “y como ésta, quizá fue
enviada a La Palma por alguno de los factores que actuaban al
servicio de Jácome de Monteverde en el puerto de Amberes”.
Este investigador nos explica cómo la advocación
a esta santa, patrona de los filósofos, aparece vinculada
a los ingenios de azúcar, que tanta riqueza y prosperidad
darían a La Palma en el pasado. Las primeras representaciones
de esta advocación son de origen flamenco. Según
la Leyenda Dorada, el Emperador Majencio inventó
un instrumento de tortura para martirizarla “que, como la
rueda que molía la caña en los ingenios, consistía
en cuatro ruedas provistas de puntas de hierro a las que la mandó
atar”. Fue finalmente decapitada, por ello, como atributo
personal, sostiene en su mano derecha una espada, mientras que
en la otra un libro, símbolo de su sabiduría e iconografía
de su patronazgo sobre los filósofos. Es patrona también
de las jóvenes casaderas, de los universitarios, carreteros,
molineros, alfareros, afiladores, hilanderas, barberos, nodrizas
(porque de su cabeza cortada no brotó sangre sino leche).
La santa de Alejandría celebra su onomástica el
25 de noviembre y ha sido desde siempre considerada una de los
catorce santos de más poderosa intercesión en el
Cielo. En la Tierra posiblemente también: tan sólo
basta admirar la fortaleza construida por el hombre para glorificar
su nombre.
BIBLIOGRAFÍA:
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Real de Santa Catalina», Diario La Tarde, Santa Cruz de
Tenerife, 13 y 16 de octubre de 1942.
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J; SUÁREZ ACOSTA, José J.: Historia de las Fortificaciones
de la Isla de La Palma, Centro de la Cultura Popular Canaria,
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y ataques navales contra las Islas Canarias. Madrid, 1991 (2ª
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histórico artístico. Excmo. Cabildo de La Palma,
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Tazacorte, La Laguna, 1994.
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La Palma, la ciudad renacentista. [S.L.]: Cepsa, D.L. 1995
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